El Lucero Carmesí

El Pantano de Kronden, Cuarta Parte

El Ónice y el Diamante

Makareo regresó al refugio en el arbol de tronco hueco. Frotaba intranquilamente su nuca, que ahora tiene las marcas superpuestas de dos terribles dioses. Eso no le preocupaba de momento.

Sus compañeros habían sido capturados por el enemigo. Alcanzó a escapar poco antes de la invocación masiva de los fantasmas. Le dolía haber abandonado a sus amigos. No obstante, todavía existían esperanzas. Mientras él estuviera libre, algo podría hacerse.

La pregunta es “qué”.

Pasó el resto de la noche en vela. Su mente trabajaba a toda velocidad, pero ninguna idea parecía satisfactoria. El menor error podía costarle la vida, y la de sus amigos.

Su mente vagaba de un lugar a otro, tratando de encontrar el más mínimo detalle que pudiera inclinar la balanza. Eventualmente, recordó haber visto fugazmente a Nocto entre los árboles del pantano. Recordó su complexión discreta y los extraños orbes azules que tiene por ojos. Lo habían visto por primera vez en Sínople, después de haber frustrado los planes de Almagesto. De rostro inexpresivo y de pocas palabras, era casi imposible adivinar sus intenciones.

Makareo se levantó, y habló firme al viento: “No se a que viniste Nocto, pero necesito tu ayuda. Me enfrento a algo que no puedo vencer solo. Juro por mi vida que haré lo que me pidas a cambio”. Esperó pacientemente una respuesta que sabía no llegaría nunca. Despues de todo, es iluso pensar que alguien pudiese escucharlo en la sobrecogedora soledad de un pantano muerto.

“Estoy dispuesto a negociar”. Makareo se levantó de un salto, y volteó hacia atrás. De detras del arbol, Nocto se dejó ver, firme e impasible. “¿Puedes ayudarme? prometo ayudarte en lo que digas si lo haces”.

“La solución es sencilla”, dijo Nocto en su reverberante voz sobrenatural. A continuación, extrajo de su saco un enorme diamante, más grande que el puño de un hombre. Lo arrojó hacia Makareo, como si no tuviera valor alguno. Al mirarlo detenidamente en sus manos, Makareo recordó donde había visto antes esa gema. ¡Era el diamante de Zontod! Seguramente el dragón sabría pronto del robo, y vendría ahora por él.

Nocto tomó del hombro a Makareo, y ambos se desvanecieron en el aire. El mundo cambió con un destello de luz. Ambos se encontraban ahora en el corazón de Kronden: el Monolito de Ónice Negro. Makareo sintió un escalofrío en toda la espalda, al sentir el poder de la Muerte misma tan cerca, contuvo también el mareo que le produjo el cambio súbito de lugar. Nocto ni siquiera pareció inmutarse.

“Los Adoradores del Prisionero fueron interrumpidos. Hay tiempo hasta mañana, cuando intenten el ritual de sacrificio de nuevo. Ahora debes enterrar el diamante aqui mismo”.

Makareo excabó rápidamente un agujero entre las piedras de ónice, y escondío el diamante con premura. Sabía que mientras más tiempo lo tuviera, más terrible la imparable furia del dragón. Ahora su olor estaba en el diamante, y sería cuestión de tiempo antes de que viniera a vengarse. Nocto seguramente le tendió una trampa, pero ¿qué ganaría con eso?. ¿Quién es este tipo, que sin reparo alguno se atrevió a robar el tesoro de una criatura legendaria? Lamentablemente, ya no hay marcha atras. Al estar el diamante escondido ya, Makareo se puso de pie.

Nocto tomó su hombro de nuevo, y reaparecieron a lado del arbol. “Ahora solo es cuestión de tiempo. Preparate para esta noche, porque lo que has sembrado ahora rendirá frutos. Aprovecha la oportunidad cuando se presente”.

Antes que Makareo pudiera decir algo, Nocto desapareció.

Makareo se quedó en silencio un rato, mientras llegaba el amanecer. Debía estar listo para una emboscada, y para lo que sea que fuese a suceder esa noche. No entendía que tramaba Nocto, pero no podía hacer otra cosa ya, más que prepararse para ganar o morir.

Durante el dia, el tiempo pasó lento, aunque no sin incidentes. Makareo escuchó la maleza moverse. Se escondió rápidamente, y esperó.

Pudo ver al fin, a travez de sus anteojos, el paso dificil de un enemigo. Los ojos de Makareo ardieron, mientras su mano, temblorosa por la furia, bajó hasta su cinto para desenfundar la daga oxidada; la cuchilla que consiguió en aquel ejido de Azur; la que juró usar para dar muerte a su enemigo Nathaniel.

Continuará…

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