El Lucero Carmesí

El Pantano de Kronden, Cuarta Parte (C)

El poder del Monolito

Atados y amordazados, el grupo fue conducido a las inmediaciones del monolito. El atardecer murió horas atrás. Los pesados pasos de los hombres en armadura resonaban en el sobrenatural silencio del corazón del Pantano de Kronden. Al llegar al lugar, vieron el monolito en todo su esplendor, iluminado por la mortecina luz de la Luna Escarlata.

Los Cultistas pronto se pusieron en formación alrededor de la gigantesca roca, e iniciaron los cánticos necesarios para su ritual. Sabían por los comentarios que habían escuchado, que los canticos no debían ser interrumpidos, o el ritual se arruinaría.

Renaud sabía que su final estaba cerca, si no hacían algo para impedir el sacrificio. Vio a sus compañeros atados junto a él, custodiados por tres de los guardianes, y Kali, aún bajo en control mental de su enemigo. La única oportunidad era que uno de ellos los ayudara a liberarse.

Con cuidado de no ser escuchado por Khan Uzur, habló en susurros al guardia más próximo: “¿Qué crees que pasará cuando Khan Uzur logre controlar a los muertos de este pantano?”. “Él nos ha pagado bien. Terminando la misión podremos vivir sin trabajar” contestó el guardia. “Los sirvientes muertos no se cansan, ni comen, ni duermen. Serán completamente leales a Khan Uzur; por supuesto, no le costarán ni una moneda. ¿Qué crees que hará cuando ustedes no le sean útiles?”

El guardia se quedó en silencio, pero no se decidió a ayudar a Renaud. Era evidente que dudaba, más no era suficiente para convencerlo de liberarlos. Mientras tanto, los cánticos seguían, y el rostro de Khan Uzur mostraba la más torcida mueca de trunfo.

En ese momento, se escuchó un sonoro rugido en el cielo, que estremeció sus corazones. Alto en las nubes, Zontod descendía encolerizado a reclamar la sangre de los ladrones que se atrevieron a hurtar de su tesoro. Desde las entrañas de la criatura brotó un potente chorro corrosivo, que disolvió al instante las carnes de uno de los cultístas, rompiendo el círculo ritual. El craneo cayó lejos de ahí, con la quijada aún abierta en un alarido de horror.

El tiempo pareció detenerse, pues a partir de ahi todo sucedió a una velocidad vertiginosa. El guardia cortó veloz las cuerdas de Renaud, poco antes de salir corriendo. De entre los arbustos, salieron Makareo y Nathaniel, nombro con hombro, dispuestos a ganar o morir. La fuerte impresión logró debilitar el encantamiento puesto en la mente de Kali, quien recobró en ese momento sus facultades, y se preparó para la batalla. Renaud aprovechó el momento para liberar a sus compañeros de sus ataduras. Varios de los clérigos y los guardias corrieron despavoridos.

Khan Uzur, frustrado y temeroso, invocó una vez más el poder de los espiritus del pantano, para que vinieran en su ayuda. El efecto fue algo completamente distinto a lo esperado. Su preciado amuleto resonó con el monolito, el cual resplandeció con luz propia. En un potente trueno rojo, una criatura ciclópea se manifestó. Una masa protoplásimica se materializó en la punta de aquel obelisco, emanando un oscuro halo rojo que provocó escalofrios a aquellos que lo vieron directamente. Sin querer, el alto obispo llamó a un elemental entrópico.

Sin embargo, esto no fue lo más extraño. Entre la confusión, la batalla entre Khan Uzur y los heroes, y la inminente embestida de Zontod y del monstruo, emergieron extrañas palabras de la garganta de Kali, quien reunió a sus amigos y usó un extraño poder que los transportó instantaneamente a las ruinas del fortín del sur.

Los ojos de Kali brillaron por un momento. El resplandor se desvaneció rápido y recuperó su habitual conducta. Estaban a salvo.

Habían sobrevivido al pantano y a los cultistas del prisionero. La pregunta era “cómo”.

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