El Lucero Carmesí

El Pantano de Kronden, segunda parte

La Garra Roja

Abdul fue el único que no se espantó al ver la terrible presencia del dragón. El resto estuvo a punto de quedar paralizados de miedo ante la terrible criatura.

Al parecer, el dragón respondió de una manera extraña al escuchar el nombre de Tiamat, la madre pentacolor. Comenzó a hablarle a Abdul en un arcaico lenguaje de silbidos y rugidos profundos, que fueron respondidos por el ahora sospechoso mercader.

De súbito, Abdul aspiró con fuerza, y lanzó al cielo una llamarada desde lo profundo de su garganta. El dragón se acercó más, a observarlos con perversa curiosidad. Al parecer, esta era el tipo de prueba que el dragón buscaba. El dragón ahora conoce que Abdul fue portador de un gran tesoro.

Se dirigió al resto del grupo, quien se encontraba alerta mientras Kali se recuperaba de la batalla mediante la magia de la varita. Luego los condujo hacia su guarida, a través de las profundidades del cienegoso lago.

Llevó en su garra derecha a Renaud, quien no podía nadar por su pesada armadura. El resto los siguió a nado, tomados de las astas del dragón.

Eventualmente salieron en lo que el dragon llamó “jardín”: un terreno resguardado por gruesas paredes de troncos humedos, poblado con enormes sauces de los que colgaban cuerpos muertos. Buena parte de ellos habían regresado a la vida por los extraños efectos del pantano. Para el dragón, no eran más que juguetes, y ocasional alimento.

Renaud vió con rabia la armadura que encontró cerca de donde emergieron. De diseño anacrónico y gran desgaste, aún pudo reconocer el emblema del Tulipan, símbolo de su tierra.

Antes de proceder a su ominosa tarea, pidió de Abdul dos cosas. La armadura que porta Kali, pues fue forjada para Merántaro, el rey de los dragones. Lo segundo, pidió probar la sangre de Abdul. Esta fue la última prueba del legado del hechicero.

Los condujo a travez de su guarida, y pudieron ver el gran tesoro del dragón. Apilado de manera soberbia, vieron una montaña de monedas de todos tipos, y de reinos muy lejanos. Había también todo tipo de joyería, entre ellas una corona incrustada de zafiros. y un diamante colosal.

Los condujo a una pequeña cámara, donde inició un ritual para deshacer el maleficio del Quebrantamiento. Vertió sus garras en el ácido de sus entrañas, y con ellas marcó la espalda de Makareo y de Abdul, como si fuera tinta sobre pergamino. Los demás pudieron escuchar la carne desgarrarse y cocerse. Al final, al borde del desmayo, sintieron que su espíritu comenzaba a tomar fuerzas de nuevo.

En Abdul el ritual continuó. El dragón pronunció un largo cántico en su lenguaje arcaico, y Abdul escuchó las voces de mil dragones en su cabeza. Su sangre comenzó a arder, y su espíritu a brillar. Al final del ominoso ritual, Abdul pudo sentir el poder en su interior: la sangre de dragón al fin despertó en él. Fue entonces, y solo entonces, cuando el dragón se presentó. Su nombre es Zontod, el Dragón Negro. Pasaron la noche en la extraña cueva, no sin ser advertidos de no tocar nada. Renaud pasó la noche en vela, mientras los otros dormían exhaustos por las batallas y el dolor. Para mala fortuna de Renaud, Zontod permaneció despierto también; inmóvil, en silencio, y con la mirada fija en ellos.

La mañana siguiente se inició el último de los rituales, con el cual Zontod regeneró el brazo perdido de Abdul. Bajaron a las profanidades de la guarida, hasta llegar a un profundo y húmedo nido, donde había un huevo. Zontod explicó que ese huevo estaba destinado a ser su hermano, más nunca nació. Mordió el muñón del brazo de Abdul, cercenándolo un poco más. Luego hizo un agujero en el huevo, y metió el mutilado miembro ahí.

Después de un tiempo indefinible, Abdul sacó poco a poco su nuevo miembro, cun brazo completo cubierto de escamas negras, que se aclaraban poco a poco hasta llegar a la garra, roja como la sangre misma.

Los aventureros se fueron de ahí poco después, antes de que Zontod cambiara de opinión con respecto a ellos. Makareo por poco se queda atrás al descubrir el cadáver viviente de Rivas, aquel que se llevó a sus seres queridos y de quién juró vengarse. Sumergido en uno de los profundos charcos del jardín, Rivas parecía reconocerlo, y alcanzó a llamarlo por su nombre. Escucharon a Zontod agitarse en las profundidades, y se llevaron a Makareo a rastras, no sin evitar que clavara un cuchillo en aquella horrible y pútrida cabeza.

Se sumergieron de nuevo en el lago, y llegaron no muy lejos del lugar donde vencieron al esqueleto. Tuvieron oportunidad de reagruparse y continuar la marcha hacia el sur.

Caminaron casi un día completo, hasta toparse con un ser no sospechado; el ánima de una mujer. Al momento en que el sol se escondió en el horizonte, esta los atacó con toda su furia.

Al final de la batalla, las nubes abrieron para mostrar la fría amenaza de una luna escarlata, que alumbró el pantano y mostró a lo lejos la figura erguida de un monolito.

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