Diario de Jim parte 5

Otoño

Me ha tomado tiempo; puedo escribir al fin. Mi memoria es borrosa, pero me ha sido suficiente para encontrar este libro.

He perdido la cuenta de los días, y solo puedo distinguir las estaciones. Es posible que haya entrado el otoño ya, pero no estoy seguro.

Tardé mucho en aprender de nuevo a descifrar las palabras escritas. Valió la pena. No sé si es este mi diario, pero no reconozco otra cosa. Queda muy poco que buscar en las ruinas del fortín.

El lugar es inhóspito, pero no es nada comparado con el pantano. Todavía encuentro cadáveres andantes que alguna vez fueron guardias. Invariablemente, pasan de largo, ignorándome. Ya no hacen su trabajo.

Recuerdo que desperté en un charco. Al mover mi cabeza, sentí el roce del agua en mi cara sumergida. A tientas me arrastré a la tierra, pues no pude incorporarme. No sentía mis brazos y piernas. No podía ver nada. El cieno cubría mis ojos, y parecía reptar sobre mi.

Froté con desesperación, pero el cieno no se quitaba. Siempre quedaba más. Comencé a rascar y luego a arañar con fuerza, hasta percibir al fin borrosas imágenes. Miré alrededor, y rápidamente distinguí la podrida maleza moviéndose con el viento en la oscuridad. A lo lejos vi alzarse una gigantesca piedra del tamaño de una torre. Mas allá, pude ver claramente el brillo de la luna llena, manchada en rojo sangre.

La pesadilla empeoró al ver el cieno que quite de mi rostro. Entre mis manos descarnadas, sostenía una masa de moco, gusanos y coágulos. Intenté gritar con todas mis fuerzas, pero de mi pecho no salió más que silencio.

El terror me dio la suficiente fuerza para levantarme y correr al agua, donde pude ver mi reflejo bajo el resplandor escarlata. Vi mi cráneo apenas cubierto de carne podrida. Vi mis cuencas oculares vacías, y entendí que aquel cieno que me cegaba no era más que los globos reventados que alguna vez fueron mis ojos.

Corrí. Corrí tan rápido como lo permitían las pesadas ropas de metal que cubrían mi cuerpo. Corrí sin detenerme, incansable cómo nunca, durante una eternidad.

Vi en mi carrera muchos cadáveres andantes, y esperaba su ataque. Extrañamente, ninguno se dignaba siguiera a voltear hacia mi. Sin embargo, sentí el peso de una mirada en mis hombros. No me quedé a averiguar quien me observaba.

Eventualmente, encontré un camino, que seguí hasta salir del pantano. Bajé la velocidad hasta haber perdido de vista aquel paraje embrujado. Me tranquilicé al ver que la luna volvió a ser blanca. Fue entonces cuando traté de poner orden a mis pensamientos.

Puedo pensar, de eso estoy seguro. Escucho la voz de mi propia conciencia. Aún tengo emociones, porque de otro modo no me hubiera aterrado. Poseo algunos conocimientos, pues puedo nombrar las cosas que percibo. Tengo mi memoria. Recuerdo que alguna vez… recuerdo…

No recuerdo.

Creo ser el legítimo dueño de este diario. Creo que soy Claude. Pero realmente no puedo acordarme. El libro me resulta algo familiar, y me aferro a la historia que cuenta. Ahora que he recuperado mi habilidad para leer, creo tener la llave al pasado. Aún así, no puedo evitar la duda. Es posible también que me esté aferrando a los recuerdos de otra persona.

Esa noche seguí el camino sin parar hasta llegar a unas ruinas. Parecía una fortaleza que derrumbaron en partes en alguna guerra pasada. Fui hacia allá, buscando refugio. Encontré ahí restos humanos de una antigua batalla. Había varios esqueletos, ya sin carne, regados por todo el patio interior. Algunos conservaban parte de sus armaduras, más la mayoría tenían sus huesos regados. Busqué un rincón que aún conservaba parte del techo, y ahí me acurruqué para dormir.

Pronto descubrí que no podía conciliar el sueño. Por más que intenté calmarme, una marejada de pensamientos y sensaciones invadía mi cabeza. El sol llegó, más no quise salir de mi escondite. Algo en aquella luz me perturbaba.

Fue hasta el anochecer que tuve valor de salir de nuevo. Al amparo de la luna blanca, estuve lo suficientemente tranquilo como para examinar lo que quedaba de mi cuerpo.

Me quité el peto mellado que aún cargaba, temiendo lo que encontraría debajo. Tras aquella coraza no encontré mas que mis propios huesos cubiertos por una delgada capa de carne verdosa y maloliente. Entre mis costillas encontré el fragmento de una estatuilla hecha de una piedra negra. En su relieve, pude ver el rostro de un demonio tallado en ella.

Arrojé la piedra por ahí, y me desnudé por completo. Guardé aquellos despojos en un rincón oscuro y deambulé largo rato. Pronto cayó sobre mi la triste verdad; soy uno más de esos abominables difuntos que caminan. Casi puedo afirmar que aquella noche no hubo ser en este mundo que se sintiera más solo que yo.

Pronto llegó el amanecer, y decidí quedarme a recibir los letales rayos del sol. Esperaba que la oleada de luz calcinara mis antinaturales restos. De todos modos, no quedaba nada que perder. El día llegó, y lo recibí de lleno. Nada sucedió

Poco a poco me acostumbré de nuevo a la luz, y encontré señales de vida. Algunos conejos por aquí, mariposas por allá. Encontré no muy lejos un hormiguero, y se me ocurrió recostarme ahí y dejar que las hormigas se llevaran lo poco que me quedaba de mi carne. Al menos así cesaría el hedor. Así pasé varios días hasta que mis huesos quedaron blancos, libres de toda inmundicia. Permanecí inmóvil, como el cadáver que soy, durante todo ese tiempo. A pesar de mi total reposo, no pude dormir. Aún hasta hoy sigo intentándolo.

Varias estaciones han pasado, y las ruinas se volvieron mi refugio. No pasó mucho tiempo para que la tranquilidad del lugar fuera perturbada. Pronto otros esqueletos empezaron a levantarse. Algunos aún llevan armaduras; unos con el escudo del cuervo, y otros con el símbolo de la flor. No se percatan de mi presencia, ni se interrumpen unos a otros. Los he observado, sabiéndome fuera de peligro. Ellos no piensan como yo; solo caminan en círculos, y a veces atacan algún animal cercano. Son demasiado estúpidos como para cazar.

Encontré este libro entre los escombros, y he aprendido mucho de él. Quiero pensar que yo soy Claude, que he encontrado mi identidad. La triste verdad es que, aunque eso fuera cierto, Claude murió en el pantano.

Yo solo soy su cadáver.

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El Lucero Carmesí data