Diario de Jim parte 6

Un invierno cualquiera

Es agradable caminar, despues de todo. Los nuevos paisajes mantienen mi mente ocupada.

Fue mucho el tiempo que deambulé alrededor de esas ruinas. Pasaron los dias, las hojas retoñaron, el pasto creció verde. El tiempo dio paso de nuevo a las ramas marchitas y el viento helado, al que soy ya insensible.

Leí el diario incontables veces. Al borde de la demencial apatia, fue lo único que mantuvo mi cordura tanto tiempo.

Deseaba viajar el reino de Tulipe. Tal vez si encontraba al tal Pierre pudiera preguntarle qué fue lo que sucedió. Quise con tanta fuerza conocer a la dama Clarisse de la que tanto habla Claude, y saber si es tan virtuosa como lo dicen los textos.

Por supuesto, eran solo fantasias. Sabía bien que Pierre atacaría al verme, y ni quise imaginar la reacción de Clarisse. No podría soportar el rechazo de aquellos a quien más quiero en este mundo. Nunca los he visto. Jamás he escuchado sus voces, pero pienso en ellos siempre. Tuve miedo; miedo de ser aborrecido, miedo de volverme loco y al fin transformarme completamente en una abominación de ultratumba. Más de una vez decidí terminar con mi existencia. Provoqué varias veces los ataques de los otros muertos, para ser destruido por sus idiotas reacciones. Invariablemente terminaba defendiendome o huyendo. Hay un deseo, un instinto ancestral, que incita a toda criatura a luchar por su existencia. Es algo que he conservado incluso despues de la muerte; el impulso de seguir existiendo. Es eso, o es que soy tan cobarde que no puedo terminar mi sufrir.

Un buen dia, pasando mi mirada una vez más por las páginas del diario, me detuve especialmente en las menciones del pañuelo perfumado de la dama Clarisse. Me pregunté que habría sido de aquel bello recuerdo.

No había otra explicación posible. Si aquel pañuelo seguía existiendo, debía seguir en el pantano, perdido en algún lugar.

Me armé de valor, y me adentré de nuevo a aquel paraje embrujado. Caminé con cuidado a travez de la oscura ciénega, escondiéndome lo mejor que pude. Vi más cadáveres deambulando sin rumbo, mas ellos no me preocupaban. Sabía que podía encontrarme criaturas más temibles y astutas que un triste esqueleto.

Después de muchas noches bajo una luna escarlata, encontré al fin el lago donde morí. En la orilla lodosa vi los restos de varias armaduras y espadas, ya mohecidas e inservibles.

Busqué con cuidado el rastro de aquel pañuelo. Encontraba de repente algunos harapos hechos tiras, pero nada digno de mención. Casi perdí la esperanza de encontrarlo.

De pronto, vi una enorme sombra negra moverse bajo las aguas. El terror invadió de nuevo mis huesos. Mi primer impulso fue correr, pero no podía abandonar el lugar tan facilmente, no habiendo llegado tan lejos.

Me escondí rápidamente tras un gran escudo abollado, que recargué contra el tronco de un arbol. La posición me escondía muy bien, pero me impidió ver hacia el lago. Solo pude escuchar las fuertes pisadas de una criatura enorme que emergía de las aguas turbias. Escuché garras excavar en el lodo, y percibí un fuerte olor cáustico, nauseabundo para cualquiera que siga teniendo entrañas. Permanecí inmovil, sin vida, hasta que la bestia se fue. Esperé un largo rato hasta que el silencio reinó de nuevo bajo la luz escarlata. Poco a poco serené mis pensamientos.

Cuando el hedor se desvaneció al fin, percibí un aroma muy ligero, casi imperceptible. Era el olor de las rosas.

Miré el reverso del escudo que tomé para esconderme, y vi amarrado en él un pedazo de tela rosa, algo razgado y con manchas de cieno. Aspiré de el, y comprobé que el olor era perfume. Vi bordado en una orilla un pequeño tulipan, como los de las armaduras, y el fragmento de una palabra. ...-risse.

¡Lo encontré!, ese debía ser. Encontré el tesoro de Claude. Seguramente este fue su escudo. Me fue imposible identificar su heráldica, por mi ignorancia y el óxido. Aún asi, las imágenes no se habían borrado por completo, y tal vez un experto pudiera identificarlas.

Regresé a las ruinas fuera del pantano, para poder disfrutar de mis nuevos tesoros de esperanza. Por fin tenía testimonio tangible de la existencia de Claude y de los suyos. Eso era lo que necesitaba. Por fin tuve el valor suficiente para largarme de aquel triste escondite y encarar el pasado.

En estos momentos prosigo mi camino hacia el lejano reino de Tulipe. Tuve que robar las ropas de un viejo espantapájaros, y cubrir mi rostro con un saco de papas. Asi la gente no huirá de mi si llegan a verme. Al menos, no en un principio.

Llevo el escudo oxidado en la espalda, porque no puedo sostenerlo como se debe. Amarré el pañuelo en mi brazo izquierdo, para llevarlo siempre conmigo. Su aroma es lo único que me hace feliz.

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El Lucero Carmesí data