El mundo de los sueños, parte 3

Lara gritaba de dolor, al ser torcida por ramas extendidas de árboles malditos. Apretaban duramente el cuerpo de la antes-humana, ramas alimentadas por el odio de la creatura en el centro del claro. Casandra, en voz rasposa, seguía gritando el nombre de Neilrien, pero su cuerpo le obligaba a soltar lágrimas del dolor que recorría su cuerpo. Plantas venenosas de todo tipo volaban alrededor de ella, rasgando su piel, inundando su nariz con nocivos vapores, lentamente extinguiendo su espíritu. Y Renaud era duramente castigado por cientos de enormes creaturas con apariencia de árboles. Lo golpeaban, lo rodeaban, lo trataban de derrumbar. Aún sin Nebilim, Renaud daba lucha, pero simplemente era incapaz de derrotarlos. Sus puños golpeaban a las creaturas, sólo para ser repelidos por un material tan duro como cualquier armadura. El caballero recibía golpes que despedazarían a un hombre menor, pero Renaud era más fuerte. Renaud había luchado contra poderosos enemigos, y había salido avante. Su cuerpo era un bastión, forjado en el fuego de su valor, y templado con su dedicación. Golpe tras golpe, Renaud se mantenía. Sus heridas eran muchas, pero no cedía. Seguía exclamando el nombre de su hermana, en una voz resonante y que ignoraba el dolor que su cuerpo sentía. Pero parecía ser en vano.

Todo parecía haberse acabado. Lara había caido inconsciente, y aún así las ramas no cedían. Casandra estaba en silencio, de rodillas, grandes lágrimas rodando por sus mejillas, su garganta tan áspera incapaz de producir sonidos. Y Renaud Kabeos, el valiente Caballero Centinela, con su cara manchada de sangre salida de cientas heridas, sus huesos rotos, perdía la esperanza. Habían fallado. Su hermana, su hermosa hermana… Con una última mirada desafiante a la cruel creatura, el monstruoso Fey, quién lo veía fríamente y con una sonrisa de completa satisfacción, Renaud dobló sus piernas, y cayó. Con quebrajada voz, murmuró, “Neil… perdóname.”

Las creaturas-árboles, al unísono, levantaron sus brazos, para asestar el golpe de gracia.

“Alto.”, dijo el Fey. Sus esclavos se desvanecieron en neblina, al igual que las ramas que castigaban a Lara. El veneno que corría en las venas de Casandra seguían su curso, pero las plantas desaparecieron. El villano caminó hacía Renaud, cada paso dado creando musgo y vegetación podrida. Renaud, al verse libre de las creaturas, trató de ponerse de pie, solo para ser ferozmente pateado por su enemigo. El caballero no le dió la satisfacción de escucharlo gritar.

“No, caballero. Quédate así. Rogarás que te mate. Pero primero, quiero que veas a tu querida hermana. Quiero que veas tu monumental fracaso. Y sepas que eso mismo haré con la otra. Tal vez hasta te deje vivo, como un esclavo, para que seas testigo de mi glorioso trabajo.”

Al decir esto, chasqueó sus dedos. Y en medio del claro, la tierra se abrió. De las grietas, un enorme cosa que sólo podría ser llamada una burla de un árbol surgió. Ennegrecido, lleno de torcidas ramas, dobladas en imposibles formas, cada una cruelmente sujetando a Neilrien. El Fey se hincó frente a Renaud, y brúscamente tomó su cara entre sus horribles manos. Renaud tenía sus ojos cerrados, mitad por cansancio, mitad por no querer ver el horror que seguramente estaría frente a él. Pero el Fey no se rendiría tan fácilmente. De sus largos dedos, salieron lianas muy delgadas, y como cientos de venas recorrían la cara del medioelfo, y forzaban sus ojos a abrirse.

“Vela, caballero. Ve a tu hermana, y llora. Quiero saborear la amarga dulzura de tus lágrimas.”

Renaud vió a su hermana, y su corazón saltó. Fijamente mirando los claros ojos verdes del caballero estaban los brillantes ojos de Neil, con una alegría desconmesurada reflejada en ellos, y una determinación de hierro. Renaud sonrió, y dijo, “Neil… aquí estoy.”

Un enorme destello de luz cegó los ojos del Fey, y una fuerza impresionante lo arrojó hasta el otro lado del claro. Su cuerpo cayó no en muerta vegetación, pero en verde pasto. El horrible olor de plantas muertas y agua estancada fué remplazado por un aroma a miel, a pasto recién cortado, a comida recién preparada con cientos de especies, y un sinfín más de fragancias. El sol brillaba a todo su esplendor. Los oscuros ojos de la maligna creatura recobraron su vista, y se posaron en la resplandeciente figura que dominaba el lugar. Era Renaud, y a la vez no lo era. Si bardos de Tulipe pudiesen haber visto al medioelfo, coincidirían en llamarlo la encarnación del Caballero Perfecto, lo que todo hombre del reino aspiraba a ser. Alfaden mismo habría de sorprenderse. Ya que era Renaud, y a la vez no. Era el hermano, el hijo, el amo, el siervo, el humano, el elfo. La amalgama de la nobleza, la esperanza, el valor, la fuerza, la determinación, la alegría, la bondad, el amor, y la fraternidad. Neil había escuchado, y aún en su prisión, sabía que su hermano estaba aquí. . Era Renaud, y a la vez no, pues se había convertido en todo lo que ella siempre pensaba de él. El Caballero Invencible de la Armadura Resplandeciente, el Guerrero de la Bondad, el Campeón de la Justicia. Y frente a él, ningún mal tenía oportunidad de triunfar.

El Fey desesperadamente trató de huir, pero se vió impedido por enormes flores de colores inexistentes. Trató de cortarlas, pero éstas le ignoraban, bailaban, evitaban sus tajos. Trató de conjurar alguna ruta de escape, pero las palabras no salían de su boca. Horrorizado veía como Renaud avanzaba, implacable, determinado, con ojos que brillaban como gemas reflejando todo rayo de Sol, cada paso dejando un charco de luz líquida, del cual brotaban cientos y cientos de áves de dorado plumaje. La gran figura del caballero parecía haber crecido – o era que el Fey había disminuido su tamaño? El miedo del villano crecía por su incapacidad de defenderse.

“Lo sientes? El que no puedas hacer algo?”, dijo una voz detrás de él. La creatura volteó – o fue volteada – y vio directamente a Neil, otrora su víctima. Pero detrás de Neil, otra figura. Familiar. La elfa. La maldita elfa. Un fantasma? Un figmento. Una memoria, una percepción. Tal vez la de él mismo, un miedo sacado a luz. Ésta la miraba con una dureza en sus claros ojos, la semilla de odio sembrada en su espectral corazón. El Fey intentó moverse, pero estaba inmobilizado por miles de pétalos, pesados como una montaña. La elfa abría la boca, pero la voz que brotaba de ella no era la propia, sino un eco, reverberado infinitamente. “El ver todo lo que está cerca de tí ser hostil? El tener mucho miedo y no poder llorar? El creerte seguro en un lugar tan especial, y después ser ultrajado y convertido en tu peor pesadilla?” Neil levantaba su mano, y junto a ella, la elfa. Y los pétalos levantaban al Fey, para estar a la altura de la espada del indómito caballero.

“Esto termina aquí.”, dijo esa voz. Renaud alzó su espada, y con furia y un grito que resonó en los cielos, atacó. Pero en el último instante se detuvo, pues su hermana se interponía entre la espada de la justicia, y el cruel villano.

“No!”, exclamó. “No lo hagas, Renaud!”

El caballero vió a su hermana con extrañez, perplejo. “Neil, es un monstruo!”

“Ya sé, Renaud. Pero tú no. Ni yo.”, contestó su hermana, su voz calmada y firme.

“No dejaré que te vuelva a lastimar.”, dijo el caballero, y nuevamente alzó su espada.

“No lo hará.”, contestó la niña. Neil se dió la vuelta, para ver directamente al Fey. “Ya no te tengo miedo. Ya no me puedes hacer nada. Te ganamos. No dejaré que mi hermano te mate, como debería, porque nunca voy a hacer algo que tú harías. Tu eres malo, eres cruel, y solo buscas hacer llorar a otros. Yo no. El único monstruo aquí eres tú. Lastimaste a mi mamá, a Renaud, a Cassie y a Lara. Pero yo no te lastimaré, porque eso solo me haría igual de mala que tú.”

Renaud bajó su espada, y veía a su hermana con gran sorpresa, escuchando las palabras que venían de su boca.

“No te voy a lastimar, pero no dejaré que vuelvas a hacer algo malo a otros niños.” continuó Neil. Cerró sus ojos, y alrededor del Fey los pétalos producían raíces, atándo al villano aún más. Flores crecían sobre la boca del Fey, grandes rosas y jóvenes tulipanes.

“Tu aprendiste mucho de mí, pero yo también de tí. Tú no estas dormido. Tú vives aquí.”

Neil abrió sus ojos, y levantó su mano. Un gran árbol, prácticamente igual que el que crecía al comienzo del bosque, el árbol de Neil, creció de donde la espectral figura de su madre observaba todo. Un gran hueco adornaba su coraza. Y se sentía la gran presencia de aquél majestuoso roble, de una edad tan impresionante que opaca el nacimiento de Tulipe.

“Mi árbol también sueña. Me lo ha dicho, y siempre está conmigo, me acompaña. Y me quiere ayudar.”.

Neil apuntó con su dedo, y los pétalos llevaban al Fey hacia el hueco. La creatura intentaba gritar, pero ni un solo sonido salía de su boca. Poco a poco entró al hueco, y la fuerte corteza del árbol comenzó a cerrarse.

“Él va a dormir ahora. Y mientras él sueñe, tu no saldrás de ahí. Sus recuerdos de mi mamá le ayudará. Y no volverás a lastimar a nadie.”

El árbol terminó de cerrarse, y Neil se acercó. Le abrazó, y le dio un beso en la corteza.

“Gracias. Te voy a extrañar, pero voy a cuidar a tus arbolitos!”, dijo Neil, su voz llena de tristeza, y quebrándose al llorar.

El gran roble se quedó en silencio, pero Renaud hubiera podido jurar que las ramas se doblaban y parecían abrazar a la niña. Al cabo de unos segundos, el gran roble volvió a quedarse inmóvil. Neil se dió la vuelta, y secó sus lágrimas.

“Ya quiero despertarme.”


Yinsu caminaba impaciente. Sólo habían pasado minutos, tal vez veinte, tal vez treinta. Quién sabe cuanto era en ese mundo. El Gran Oneiromante se había ido sin decir una sola palabra más. Nellid estaba despierta, viendo a Neil para cualquier signo de cambio. Lianée rezaba a los dioses élficos por ayuda. Cuando Lara comenzó a gritar, seguida de retorcimientos de Casandra y gruñidos de Renaud, la familia se asustó. Pero a los pocos segundos, todos guardaron silencio. Poco a poco, Renaud, Casandra y Lara abrieron los ojos.

“Y bien?!”, exclamó Yinsu. “Que pasó? Lo lograron?”

Nellid exclamó, y el corazón de Yinsu se llenó de alegría al escuchar la dulce voz de su pequeña nieta.

“Tengo mucha hambre. Me traes de comer, Nellid?”

FIN

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El mundo de los sueños, parte 3

El Lucero Carmesí richterbrahe