La Batalla en Tulipe

Lord Renaud Kabeos, Caballero de la Orden de Alfaden de Tulipe, hijo de Sir Geraint, nieto de Yinsu Sinwe, antiguo líder de los Centinelas de la Luz Inquebrantable, Destructor de la Urna del Prisionero, y recientemente nombrado Comandante de la Orden Blanca, veía con su seria cara al campo de batalla. Sus ojos verdes observaban a los soldados, sus valientes hombres que aun mantenían sus filas. A lo lejos, veía a su Rey y sus tropas, sabiendo que estaba protegido por ese impregnable bastión. Aunque sus tropas superaban en número a sus enemigos, estos contaban con una estratégica posición. Su caballería estaba diezmada, pero mantenían su poder arcano. Lord Renaud, en cambio, había perdido a sus magos, y sus caballeros estaban presionados por la infantería enemiga. Sin embargo, la situación no estaba completamente perdida. El medio elfo trazaba sus planes, para delegarlos a sus capitanes. Pero, de repente, horrorizado vio como los magos enemigos se acercaban a la gran fortaleza, y haciendo uso de sus impresionantes hechizos, la destruyeron. Su rey estaba descubierto, en el camino de sus enemigos! Y Renaud sintió como su corazón caía, al reconocer que no había nadie cerca; el enemigo pronto llegaría contra el Rey, y le daría muerte. Obligándose a arrancar sus ojos de esa horrible escena, logro ver al comandante enemigo, sus brillantes ojos perforando el campo de batalla. Su cabello cayendo a sus hombros, y una sonrisa llena de orgullo y satisfacción al ver como sus tropas tomaban la victoria. Sus labios se partieron, y parecía decir algo. Su oponente, la autonombrada Señorita de la Casa Kabeos, Dama del Segundo Piso de la Mansión y la Niña Más Bonita de Todo Tulipe, Neil Kabeos, declaraba “Jaque Mate”.

Renaud se quedo atento, con la boca ligeramente abierta. Ciertamente, no había nada más que aceptar la derrota. Poniendo sus manos sobre su frente, dio un suspiro, y se recargo en su asiento. Su pequeña hermana alzaba los brazos con alegría, y sonreía de oreja a oreja.

“Te gane! Te gane!” gritaba, contenta. Detrás de ella, en el marco de la puerta, una mujer élfica, delgada, con tez muy clara y ojos muy similares a los de la niña, aplaudía ligeramente.

“Muy bien hecho, querida! Me da mucho gusto que aprendas tan rápido!”, dijo, con una voz dulce y melodiosa. Neil dio un salto desde su silla, y corrió hacia la elfa. “Gracias, abuelita! Viste como le hice creer que sus caballos iban a comerse a mis peones pero yo moví a mis alfiles para bloquearlo y después puse a mis torres para que no pudiera moverse y el intento -“

“Si, si, querida, estaba observando todo. Me enorgullece que hayas tenido una victoria! Ahora, tu recompensa: panques de mi tierra!”

La pequeña niña exclamo con alegría, y abrazo a su abuela. Comenzaron a caminar por el pasillo, alejándose del estudio de Renaud.

El caballero no pudo evitar sonreír. Hacía mucho tiempo que no pasaba tanto tiempo con sus hermanas. Los asuntos del reino le ocupaban mucho tiempo. La ahora-reconocida Casa Kabeos estaba creciendo, aun a pesar de la voluntad de muchos nobles. El Rey le había recompensado con tierra, y la gente le había conocido como un gran héroe. Los bardos ayudaron mucho a que la reputación de Renaud creciera, y pronto, el feudo había crecido. Aunque el caballero no era el más inteligente o el mejor administrador, con ayuda de su abuelo había logrado restablecer la economía del feudo, y se habían trazado planes para el crecimiento. Impuestos y prestaciones eran basadas en tradiciones élficas, con algunas adaptaciones para el reino de Tulipe. Algunos del pueblo no estaban tan conformes, pero la presencia de Renaud aplacaba las quejas. Ciertamente, Renaud era un líder muy presente. El se presentaba a su gente, los ayudaba, comía con ellos, entrenaba con ellos. Y parte de su popularidad se debía a que no miraba a nadie con desprecio. Su pasado había puesto los cimientos de su futuro.

Renaud se levanto, y camino hacia el balcón. Sus verdes ojos observaban el horizonte, y lo que le conformaba. Su tierra – porque así lo era – abarcaba millas. Y aunque no todo era trabajado, lentamente se expandían. Renaud no se había preocupado por mejorar la mansión, o hacerla más imponente. Había preferido invertir en la construcción de edificios para la gente, en comprar ganado, semillas, y demás. Renaud no necesitaba vivir en lujo; Heironeus sabía que había vivido en peores situaciones. De vez en cuando Nellid se quejaba, clamando que el resto de sus amigas vivían en grandes palacios, rodeadas de esplendor, relucientes joyas, y apuestos escuderos. Renaud intentaba explicarle sobre la modestia y la humildad, pero la joven le reprochaba, y le daba la espalda, solo para contentarse unas horas después. Los hermanos eran muy unidos, y una mera discusión no iba a abrir brechas entre ellos. Nellid, por muy superficial que pareciese, entendía el sacrifico que Renaud había hecho por ellas, los riesgos que había tomado, y la carga sobre sus hombros. Y Renaud la consentía por ello, dándole lujosos regalos cada semana. Claro, de vez en cuando discutían sobre asuntos sin sentido. Pero en el fondo, se querían.

Neil era otra historia. La niña estaba extremadamente feliz en el campo, y se pasaba horas caminando por el pasto y hablando con los arboles. Su abuela había tomado gran interés en ella, y había procurado enseñarle las tradiciones élficas, el amor al arte, la música, y la naturaleza. Y la pequeña aprendía muy rápido, siempre atenta y sonriente. Yinsu había confesado a Renaud que consideraba enseñarle algo magia, ya que parecía que Neil tenía un don. El caballero no se oponía; como todo buen hermano, el estaba seguro que su hermanita era muy especial.

Cada día, Renaud agradecía a Heironeus por otorgarle a sus abuelos. Eran guías, y a la vez eran como hermanos. Su abuelo le explicaba que ellos eran jóvenes a los ojos de los elfos, prácticamente de la edad de Renaud. Y ciertamente, así parecía. Pero sus conocimientos eran enormes. Su abuelo aparentaba saber de todo, al menos un poco. Y gustaba contar las historias de su madre, y sobre como su padre la conquisto. Eso siempre le levantaba los ánimos a Renaud. Las hazañas de su padre, la bondad de su madre… el corazón del caballero se llenaba con añoranza, y sus ojos de lagrimas. Sabía que sus padres estarían orgullosos, y desde el lugar donde se encontrasen, le observaban.

Pero Renaud se sentía solo. Siempre tan solo como antes. Vivía en dos mundos, como lo había hecho por tantos años. Pero aquí no era el mundo de los humanos y de los elfos, ni de caballero y de siervo, ni de soldado y comandante. La vida de Renaud se partía en el mundo político, y el mundo del hogar. En la corte, era respetado, pero visto con cierto sentimiento ajeno. Y aquí en casa, no podía tomarse las libertades de ser un hombre tranquilo. Ciertamente, la vida de aventurero, por más extraño que sonase, era mas fácil. El enemigo era obvio; los contrincantes tenían la voluntad de derrotarlo, y darle muerte. Pero estos nuevos rivales, escondidos tras sonrisas falsas, promesas que no cumplirían, y cumplidos sin peso… ¿Quién era el enemigo? Cambiaba cada día. ¿En quién podía confiar? Realmente no se podía saber. Su espada se había convertido en un adorno. Y a Renaud le molestaba. El era un guerrero; su lugar era luchar por Tulipe. Pero no había nadie más para representar la Casa. Y todo sacrifico se había encaminado precisamente a esta situación, que la Casa Kabeos sea reconocida. Y si fuese a abandonar la corte, habría perdido todo. Así que, Renaud se mantenía firme, como siempre lo había hecho.

Suspiro, e inconscientemente acaricio su brazo derecho. El dolor fantasmal de aquella herida aun lo despertaba en las noches; la ruptura de la Urna había destrozado su escudo (que ahora adornaba la pared oeste), y roto su brazo. Nada que un periodo de descanso no pudiese reparar. Pero dolía. Como mil dagas cortando la carne, sin romper la piel. Era un dolor con el que estaba dispuesto a vivir, el precio de la victoria. Uno no destruía la creencia de tantas personas sin algo que lo marcara.

El caballero sacudió su cabeza, no permitiéndose que esas ideas nublaran su mente. Había hecho lo correcto. De eso estaba seguro. Y estaba consciente que en cualquier otra ocasión, tal vez hubieran sido derrotados. Pero los Centinelas tenían fortaleza, y unidos habían sido invencibles. Lástima que todo había terminado. Parte de el gustaría de haber mantenido relaciones, tal vez viajar a otras partes del mundo, salvando pueblos y personas, ayudando al que realmente lo necesitaba. Una sonrisa amarga nació en Renaud. Imposible. Todos habían cambiado. Esas ultimas horas probaron ser demasiado para el grupo. Revelaciones importantes, verdaderos colores. Tal vez… algún día…

Maldita sea! Porque su mente siempre regresaba a eso?

La Batalla en Tulipe

El Lucero Carmesí richterbrahe