El Lucero Carmesí

El Pantano de Kronden, Cuarta Parte (D)
Epílogo

(proximamente)

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El Pantano de Kronden, Cuarta Parte (C)
El poder del Monolito

Atados y amordazados, el grupo fue conducido a las inmediaciones del monolito. El atardecer murió horas atrás. Los pesados pasos de los hombres en armadura resonaban en el sobrenatural silencio del corazón del Pantano de Kronden. Al llegar al lugar, vieron el monolito en todo su esplendor, iluminado por la mortecina luz de la Luna Escarlata.

Los Cultistas pronto se pusieron en formación alrededor de la gigantesca roca, e iniciaron los cánticos necesarios para su ritual. Sabían por los comentarios que habían escuchado, que los canticos no debían ser interrumpidos, o el ritual se arruinaría.

Renaud sabía que su final estaba cerca, si no hacían algo para impedir el sacrificio. Vio a sus compañeros atados junto a él, custodiados por tres de los guardianes, y Kali, aún bajo en control mental de su enemigo. La única oportunidad era que uno de ellos los ayudara a liberarse.

Con cuidado de no ser escuchado por Khan Uzur, habló en susurros al guardia más próximo: “¿Qué crees que pasará cuando Khan Uzur logre controlar a los muertos de este pantano?”. “Él nos ha pagado bien. Terminando la misión podremos vivir sin trabajar” contestó el guardia. “Los sirvientes muertos no se cansan, ni comen, ni duermen. Serán completamente leales a Khan Uzur; por supuesto, no le costarán ni una moneda. ¿Qué crees que hará cuando ustedes no le sean útiles?”

El guardia se quedó en silencio, pero no se decidió a ayudar a Renaud. Era evidente que dudaba, más no era suficiente para convencerlo de liberarlos. Mientras tanto, los cánticos seguían, y el rostro de Khan Uzur mostraba la más torcida mueca de trunfo.

En ese momento, se escuchó un sonoro rugido en el cielo, que estremeció sus corazones. Alto en las nubes, Zontod descendía encolerizado a reclamar la sangre de los ladrones que se atrevieron a hurtar de su tesoro. Desde las entrañas de la criatura brotó un potente chorro corrosivo, que disolvió al instante las carnes de uno de los cultístas, rompiendo el círculo ritual. El craneo cayó lejos de ahí, con la quijada aún abierta en un alarido de horror.

El tiempo pareció detenerse, pues a partir de ahi todo sucedió a una velocidad vertiginosa. El guardia cortó veloz las cuerdas de Renaud, poco antes de salir corriendo. De entre los arbustos, salieron Makareo y Nathaniel, nombro con hombro, dispuestos a ganar o morir. La fuerte impresión logró debilitar el encantamiento puesto en la mente de Kali, quien recobró en ese momento sus facultades, y se preparó para la batalla. Renaud aprovechó el momento para liberar a sus compañeros de sus ataduras. Varios de los clérigos y los guardias corrieron despavoridos.

Khan Uzur, frustrado y temeroso, invocó una vez más el poder de los espiritus del pantano, para que vinieran en su ayuda. El efecto fue algo completamente distinto a lo esperado. Su preciado amuleto resonó con el monolito, el cual resplandeció con luz propia. En un potente trueno rojo, una criatura ciclópea se manifestó. Una masa protoplásimica se materializó en la punta de aquel obelisco, emanando un oscuro halo rojo que provocó escalofrios a aquellos que lo vieron directamente. Sin querer, el alto obispo llamó a un elemental entrópico.

Sin embargo, esto no fue lo más extraño. Entre la confusión, la batalla entre Khan Uzur y los heroes, y la inminente embestida de Zontod y del monstruo, emergieron extrañas palabras de la garganta de Kali, quien reunió a sus amigos y usó un extraño poder que los transportó instantaneamente a las ruinas del fortín del sur.

Los ojos de Kali brillaron por un momento. El resplandor se desvaneció rápido y recuperó su habitual conducta. Estaban a salvo.

Habían sobrevivido al pantano y a los cultistas del prisionero. La pregunta era “cómo”.

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El Pantano de Kronden, Cuarta Parte (B)
Los Traidores

El resto del grupo despertó eventualmente, atados al enorme tronco roto del arbol al centro del campamento. Abdul alzó la vista, y observó el movimiento ocupado de los cultistas y los guardias del campamento. El panorama era en extremo desagradable. Se sentía en el aire el olor a muerte, y la implacable presencia del Monolito de Ónice Negro.

Poco a poco despertaron Renaud, Rebeca e Ishiro. Abdul pudo notar que estos últimos dos, además de él mismo, estaban amordazados, de modo que no pudieran invocar las palabras de poder necesarias para hacer su magia.

Junto a ellos había otros tres prisioneros, con ropas ceremoniales típicas de los cultistas, solo que sucias y razgadas.

Renaud recordó con vergüenza la noche anterior, donde fueron derrotados en una batalla desigual. Sentía fuerte la ausencia de su espada y de su escudo. Renaud vió, con turbación, que Kali los observaba de cerca, puliendo las hojas de su hacha. Kali mostraba una mueca extraña y los ojos algo perdidos, perturbadores signos del control mental. Mientras la maligna influencia estuviera en su psique, Kali era un enemigo.

Renaud, siendo el único del grupo sin mordaza, comenzó a interrogar a los cultistas capturados. Asi supieron los verdaderos motivos de la expedición. El alto obispo, Khan Uzur, llevó un séquito de fieles al centro del Pantano de Kronden, con el fin de poder controlar a los fantasmas y a los muertos usando el poder del Monolito y los favores del poder divino del control sobre los muertos vivientes. Usará el Monolito como un potente foco de poder, que le dará, supuestamente, potestad permanente sobre las abominaciones del pantano. Para ello, era necesario un ritual que involucra los cánticos de siete fieles y una enorme ofrenda de sangre viva.

Ellos fueron capturados al enfrentar abiertamente los planes de Khan Uzur. El obispo le mintió al Profeta Abrachir, diciendo que encausaría los espíritus errantes del pantano a la exhortación del Prisionero. Nathaniel lo confrontó, junto con ellos, los pocos verdaderos fieles a la iglesia. Lamentablemente fueron sometidos con mucha facilidad. Al parecer, Khan Uzur esperaba el motín de Nathaniel, pero permitió su compañía para tener sangre que ofrecer en el ritual.

Mientras Rebeca e Ishiro despertaron paulatinamente de su sueño, Abdul y Renaud notaron la ausencia de Nathaniel. En la confusión que provocaron en el campamento, Nathaniel logró escapar.

Ya tarde aquel dia, Khan Uzur salió de la tienda, para hablar brevemente con los sus nuevos prisioneros. “Han demorado mis sagrados desigios por un dia, y se llevaron la vida de varios de nuestros fieles. Haré pagar sus crímenes, ofreciendo su sangre al Monolito. Pronto serán ustedes parte en mi glorioso destino”.

Muy en sus adentros, Abdul sintió hervir su orgullo en ira y resentimiento. Khan Uzur en efecto cumpliría con su destino: el perder su corazón, arrancado por su nueva garra roja.

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El Pantano de Kronden, Cuarta Parte
El Ónice y el Diamante

Makareo regresó al refugio en el arbol de tronco hueco. Frotaba intranquilamente su nuca, que ahora tiene las marcas superpuestas de dos terribles dioses. Eso no le preocupaba de momento.

Sus compañeros habían sido capturados por el enemigo. Alcanzó a escapar poco antes de la invocación masiva de los fantasmas. Le dolía haber abandonado a sus amigos. No obstante, todavía existían esperanzas. Mientras él estuviera libre, algo podría hacerse.

La pregunta es “qué”.

Pasó el resto de la noche en vela. Su mente trabajaba a toda velocidad, pero ninguna idea parecía satisfactoria. El menor error podía costarle la vida, y la de sus amigos.

Su mente vagaba de un lugar a otro, tratando de encontrar el más mínimo detalle que pudiera inclinar la balanza. Eventualmente, recordó haber visto fugazmente a Nocto entre los árboles del pantano. Recordó su complexión discreta y los extraños orbes azules que tiene por ojos. Lo habían visto por primera vez en Sínople, después de haber frustrado los planes de Almagesto. De rostro inexpresivo y de pocas palabras, era casi imposible adivinar sus intenciones.

Makareo se levantó, y habló firme al viento: “No se a que viniste Nocto, pero necesito tu ayuda. Me enfrento a algo que no puedo vencer solo. Juro por mi vida que haré lo que me pidas a cambio”. Esperó pacientemente una respuesta que sabía no llegaría nunca. Despues de todo, es iluso pensar que alguien pudiese escucharlo en la sobrecogedora soledad de un pantano muerto.

“Estoy dispuesto a negociar”. Makareo se levantó de un salto, y volteó hacia atrás. De detras del arbol, Nocto se dejó ver, firme e impasible. “¿Puedes ayudarme? prometo ayudarte en lo que digas si lo haces”.

“La solución es sencilla”, dijo Nocto en su reverberante voz sobrenatural. A continuación, extrajo de su saco un enorme diamante, más grande que el puño de un hombre. Lo arrojó hacia Makareo, como si no tuviera valor alguno. Al mirarlo detenidamente en sus manos, Makareo recordó donde había visto antes esa gema. ¡Era el diamante de Zontod! Seguramente el dragón sabría pronto del robo, y vendría ahora por él.

Nocto tomó del hombro a Makareo, y ambos se desvanecieron en el aire. El mundo cambió con un destello de luz. Ambos se encontraban ahora en el corazón de Kronden: el Monolito de Ónice Negro. Makareo sintió un escalofrío en toda la espalda, al sentir el poder de la Muerte misma tan cerca, contuvo también el mareo que le produjo el cambio súbito de lugar. Nocto ni siquiera pareció inmutarse.

“Los Adoradores del Prisionero fueron interrumpidos. Hay tiempo hasta mañana, cuando intenten el ritual de sacrificio de nuevo. Ahora debes enterrar el diamante aqui mismo”.

Makareo excabó rápidamente un agujero entre las piedras de ónice, y escondío el diamante con premura. Sabía que mientras más tiempo lo tuviera, más terrible la imparable furia del dragón. Ahora su olor estaba en el diamante, y sería cuestión de tiempo antes de que viniera a vengarse. Nocto seguramente le tendió una trampa, pero ¿qué ganaría con eso?. ¿Quién es este tipo, que sin reparo alguno se atrevió a robar el tesoro de una criatura legendaria? Lamentablemente, ya no hay marcha atras. Al estar el diamante escondido ya, Makareo se puso de pie.

Nocto tomó su hombro de nuevo, y reaparecieron a lado del arbol. “Ahora solo es cuestión de tiempo. Preparate para esta noche, porque lo que has sembrado ahora rendirá frutos. Aprovecha la oportunidad cuando se presente”.

Antes que Makareo pudiera decir algo, Nocto desapareció.

Makareo se quedó en silencio un rato, mientras llegaba el amanecer. Debía estar listo para una emboscada, y para lo que sea que fuese a suceder esa noche. No entendía que tramaba Nocto, pero no podía hacer otra cosa ya, más que prepararse para ganar o morir.

Durante el dia, el tiempo pasó lento, aunque no sin incidentes. Makareo escuchó la maleza moverse. Se escondió rápidamente, y esperó.

Pudo ver al fin, a travez de sus anteojos, el paso dificil de un enemigo. Los ojos de Makareo ardieron, mientras su mano, temblorosa por la furia, bajó hasta su cinto para desenfundar la daga oxidada; la cuchilla que consiguió en aquel ejido de Azur; la que juró usar para dar muerte a su enemigo Nathaniel.

Continuará…

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El Pantano de Kronden, Tercera parte
Expedición de la Iglesia del Prisionero

El grupo de aventureros ha divisado ya el ominoso monolito. Parecen estar todos bien, a excepción de Makareo, a quien el fantasma el robó parte de su energía vital.

Pronto llegaron a un claro cubierto por filosas piedras de ónice negro. Estaba custodiadas por dos enormes piedras en bruto, erguidas a modo de pilares. Makareo se adelantó a explorar, y vio que no había nadie ni nada que los amenazara de momento.

Lamentablemente, había observadores, escondidos en el interior de las piedras en pie. Cuando el resto del grupo caminó sobre el claro, sus voces infernales fueron escuchadas. Les ordenaron quitarse el calzado, pues pisaban tierra sagrada de la Luna Escarlata.

Ishiro tradujo su lenguaje mediante sortilegios mágicos, y todos hicieron caso, exceptuando Makareo, que observaba más adelante. De los pilares salieron dos figuras fantasmales de sombras, y empezaron a rodear a los descalzos héroes. En voces oscuras de lentas inflexiones, comenzaron los cánticos de sacrificio a la Luna Escarlata, su terrible deidad.

La batalla fue breve, pero difícil. Solo la magia tenía oportunidad de dañar a las etéreas criaturas, y ellos podían robar a sorbos la vida de sus víctimas. Uno de ellos se esfumó rápidamente en los ataques. El otro, más listo, atravesó el piso y los atacó desde abajo. Aún así, podían dañar de cuando en cuando las garras de la incorpórea criatura. Al final, Kali asestó un fuerte golpe de su hacha, que melló el suelo y disolvió los remanentes del oscuro enemigo. Lograron la victoria, más varios de ellos perdieron parte de su energía vital.

Al amparo de la noche, y con el auspicio de la luna color sangre, las criaturas más terribles del pantano salen a cumplir con su condena en esta realidad. El grupo, ya cansado de las batallas, y aun perturbados por los horrores de las tierras embrujadas de Kronden, buscaron refugio para esa noche.

Pronto encontraron un enorme árbol de tronco hueco, que pudieron usar de refugio. Makareo reconoció algo del terreno, y pudo ver cerca del monolito un campamento construido como un improvisado fuerte. La iglesia del Prisionero había llegado ya. En el centro del improvisado fortín, había un árbol seco donde había amarradas cuatro figuras. Eran hombres ataviados con las con ropas ceremoniales sucias y rasgadas. Uno de ellos le resultó familiar. Demasiado familiar. Entre los cautivos pudo ver el inconfundible rostro grave de Nathaniel.

Con ayuda de su catalejo, pudo también darse cuenta de otra presencia. Una gigantesca criatura se movía lejos en el horizonte, caminando sin rumbo. Los dioses benévolos actuaron a su favor, pues aquella ciclópea criatura se alejó de ellos.

Tuvieron tiempo para descansar en el hueco del árbol. A la mañana siguiente, permanecieron escondidos, observando y planeando.

Observaron que se preparaban para salir en una expedición, probablemente directo al monolito. Esperaron hasta el atardecer, cuando el líder se llevó a los prisioneros, dejando solo algunos guardias y dos clérigos.

Decidieron tomar el campamento por asalto. Usaron magia para hacer crecer a Kali a proporciones gigantes, y para volar. Entraron a filo de espada y hacha. El objetivo fue encontrar alguna pista sobre las intenciones del culto en el pantano, o su ubicación.

La estrategia de silenciar a los clérigos funcionó muy bien, más no tomaron en cuenta el cuerno de alarma, que uno de los guardias hizo sonar con fuerza.

No pasó mucho tiempo para que llegaran refuerzos, que pronto inclinaron la batalla a su favor.

Todo pareció perdido cuando el líder invocó el poder de los fantasmas del pantano….

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El Pantano de Kronden, segunda parte
La Garra Roja

Abdul fue el único que no se espantó al ver la terrible presencia del dragón. El resto estuvo a punto de quedar paralizados de miedo ante la terrible criatura.

Al parecer, el dragón respondió de una manera extraña al escuchar el nombre de Tiamat, la madre pentacolor. Comenzó a hablarle a Abdul en un arcaico lenguaje de silbidos y rugidos profundos, que fueron respondidos por el ahora sospechoso mercader.

De súbito, Abdul aspiró con fuerza, y lanzó al cielo una llamarada desde lo profundo de su garganta. El dragón se acercó más, a observarlos con perversa curiosidad. Al parecer, esta era el tipo de prueba que el dragón buscaba. El dragón ahora conoce que Abdul fue portador de un gran tesoro.

Se dirigió al resto del grupo, quien se encontraba alerta mientras Kali se recuperaba de la batalla mediante la magia de la varita. Luego los condujo hacia su guarida, a través de las profundidades del cienegoso lago.

Llevó en su garra derecha a Renaud, quien no podía nadar por su pesada armadura. El resto los siguió a nado, tomados de las astas del dragón.

Eventualmente salieron en lo que el dragon llamó “jardín”: un terreno resguardado por gruesas paredes de troncos humedos, poblado con enormes sauces de los que colgaban cuerpos muertos. Buena parte de ellos habían regresado a la vida por los extraños efectos del pantano. Para el dragón, no eran más que juguetes, y ocasional alimento.

Renaud vió con rabia la armadura que encontró cerca de donde emergieron. De diseño anacrónico y gran desgaste, aún pudo reconocer el emblema del Tulipan, símbolo de su tierra.

Antes de proceder a su ominosa tarea, pidió de Abdul dos cosas. La armadura que porta Kali, pues fue forjada para Merántaro, el rey de los dragones. Lo segundo, pidió probar la sangre de Abdul. Esta fue la última prueba del legado del hechicero.

Los condujo a travez de su guarida, y pudieron ver el gran tesoro del dragón. Apilado de manera soberbia, vieron una montaña de monedas de todos tipos, y de reinos muy lejanos. Había también todo tipo de joyería, entre ellas una corona incrustada de zafiros. y un diamante colosal.

Los condujo a una pequeña cámara, donde inició un ritual para deshacer el maleficio del Quebrantamiento. Vertió sus garras en el ácido de sus entrañas, y con ellas marcó la espalda de Makareo y de Abdul, como si fuera tinta sobre pergamino. Los demás pudieron escuchar la carne desgarrarse y cocerse. Al final, al borde del desmayo, sintieron que su espíritu comenzaba a tomar fuerzas de nuevo.

En Abdul el ritual continuó. El dragón pronunció un largo cántico en su lenguaje arcaico, y Abdul escuchó las voces de mil dragones en su cabeza. Su sangre comenzó a arder, y su espíritu a brillar. Al final del ominoso ritual, Abdul pudo sentir el poder en su interior: la sangre de dragón al fin despertó en él. Fue entonces, y solo entonces, cuando el dragón se presentó. Su nombre es Zontod, el Dragón Negro. Pasaron la noche en la extraña cueva, no sin ser advertidos de no tocar nada. Renaud pasó la noche en vela, mientras los otros dormían exhaustos por las batallas y el dolor. Para mala fortuna de Renaud, Zontod permaneció despierto también; inmóvil, en silencio, y con la mirada fija en ellos.

La mañana siguiente se inició el último de los rituales, con el cual Zontod regeneró el brazo perdido de Abdul. Bajaron a las profanidades de la guarida, hasta llegar a un profundo y húmedo nido, donde había un huevo. Zontod explicó que ese huevo estaba destinado a ser su hermano, más nunca nació. Mordió el muñón del brazo de Abdul, cercenándolo un poco más. Luego hizo un agujero en el huevo, y metió el mutilado miembro ahí.

Después de un tiempo indefinible, Abdul sacó poco a poco su nuevo miembro, cun brazo completo cubierto de escamas negras, que se aclaraban poco a poco hasta llegar a la garra, roja como la sangre misma.

Los aventureros se fueron de ahí poco después, antes de que Zontod cambiara de opinión con respecto a ellos. Makareo por poco se queda atrás al descubrir el cadáver viviente de Rivas, aquel que se llevó a sus seres queridos y de quién juró vengarse. Sumergido en uno de los profundos charcos del jardín, Rivas parecía reconocerlo, y alcanzó a llamarlo por su nombre. Escucharon a Zontod agitarse en las profundidades, y se llevaron a Makareo a rastras, no sin evitar que clavara un cuchillo en aquella horrible y pútrida cabeza.

Se sumergieron de nuevo en el lago, y llegaron no muy lejos del lugar donde vencieron al esqueleto. Tuvieron oportunidad de reagruparse y continuar la marcha hacia el sur.

Caminaron casi un día completo, hasta toparse con un ser no sospechado; el ánima de una mujer. Al momento en que el sol se escondió en el horizonte, esta los atacó con toda su furia.

Al final de la batalla, las nubes abrieron para mostrar la fría amenaza de una luna escarlata, que alumbró el pantano y mostró a lo lejos la figura erguida de un monolito.

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El Pantano de Kronden
Inicia la pesadilla

La estancia en Tulipe fue corta. El grupo estuvo en la resguardada ciudad durante apenas dos días.

Makareo, Abdul, y Kali decidieron indagar un poco más a fondo el acto vandálico sucedido esa tarde del 17 de Florean. Decidieron ir a la cantina más corriente de la ciudad para obtener información.

Llegaron a un infame lugar conocido como El Burro Reatón, un lugar de mala muerte para borrachos y prostitutas que cobran en cobre. Algunas monedas de oro lograron que las poco galantes empleadas consiguieran la información que buscaban. El tal Jack es el caballerango de Sir Lenard Leroy, cabeza de la Casa Leroy, segunda en importancia despues de la Casa Laurent, la familia real.

Dispuestos a desentrañar el misterio detras de aquel ataque, el grupo planeó su estrategia para buscar al noble caballero. Renaud los disuadió, confesando que no es raro ese tipo de muestras de odio contra él y su familia. Aún asi, Sir Ector informó a la Casa Leroy sobre la conducta de sus criados.

El dia siguiente se hicieron los preparativos para el viaje al ominoso pantano. Kali aprovechó su tiempo para entrenar en el traspatio de la Casa de Sir Ector. Por supuesto, no pasó mucho para que llamara la atención del veterano caballero.

Ishiro y Rebeca acompañaron a Lady Paulet a conseguir algunos regalos para Meme, la hermana menor de Rebeca, quien cumplió años durante su viaje. Compró un fino espejo hecho con mango de caoba para su hermana, y uno más para Neil, la pequeña hermana de Renaud. Ishiro, por su parte, consiguió una pequeña campana con el escudo del Tulipan, insignia del reino. Ishiro también sostuvo una conversación con Sir Ector, quien le comentó la rica historia del lugar. Hablo de los orígenes de Tulipe, y su hermano reino de Curmer. De las antiguas guerras entre órdenes de caballería, y la unificación hecha por Sir Alfaden, el heroe legendario, cuya espada es ahora portada por el rey.

Makareo usó su tiempo para reponer el arma que perdió. Descubrió que las armerías en Tulipe son surtidas en verdad.

Abdul, por su lado, dedicó su tiempo a actividades menos ortodoxas. Regresó a la comisaría, y descubrió que los tipos que atraparon por vandalismo aún seguían presos. No hubo mucha información que sacarles, asi que simplemente se les azotó. Saldrían libres la tarde de ese día.

Pacientemente, Abdul aguardó, recordando el rostro redondo y grasiento de aquel que se atrevió a levantar una piedra contra él. Pronto vio a los tipos salir por la puerta principal, e irse cada quién por su lado. Siguió lentamente a su presa, quien no tardó en notar su presencia. Iniciaron un sutil juego, caminando ambos disimuladamente; el uno siguiendo, y el otro buscando la oportunidad de sorprenderlo en el momento propicio.

Ese momento llegó, pero no contaba el tipo con el poder que corre en las venas de Abdul. Con un rápido movimiento de manos, aquel maleante quedó paralizado. Abdul lo arrastró a donde nadie pudiera verlos, lo tomó por la garganta, y descargó el poder de su fe sobre el, matandole lenta y dolorosamente. Con un cuchillo, marcó en su pecho el símbolo de la Madre Dragón, y con un poderoso y fugaz soplo, calcinó el cadaver de quien alguna vez osara retarlo. Después se alejó de ahí, sin que su corazón sintiera remordimiento alguno.

Esa noche, Jonathan habló con el grupo, avisando que tendría que regresar a Curmer, por una emergencia. Su familia sufrió un ataque de un clérigo del Prisionero, disfrazado de un clérigo del Sol.

Decidieron que Makareo se adelantaría a revisar si el Culto ya tenía gente dentro del pantano, y así lo hizo. Si aún no habían entrado, tal vez pudieran enfrentarlos en terrenos menos hostiles.

Asi, nuestros heroes partieron de Tulipe, rumbo al Reino de Zobel. Después de algunas semanas de viaje, pasaron junto a la ciudad de Zobel, de arquitectura lúgubre. No se detuvieron ahi más que algunas horas, pero pudieron notar el sombrío semblante de su gente, que rara vez veía la luz del sol a travez de las nubes del cielo.

Cuatro días más tarde llegaron a las inmediaciones del pantano, donde Makareo salió a su encuentro, con malas noticias. Encontró señales claras de un gran número de personas que habían entrado por la parte sureste.

Acamparon esa noche en las ruinas de un fortín. La noche fue intranquila, y pudieron escuchar lentas criaturas caminar en las inmediaciones.

A la mañana siguiente guardaron la carreta y dejaron su equipaje pesado, así como a los caballos y al gato. Entraron rápidamente para aprovechar la mayor cantidad de luz diurna que pudieran.

El pantano es un lugar inquietante. Conforme entran, los árboles se ven cada vez más grises, y la tierra se humedece con la niebla, que parece cernirse sobre ellos.

Descubrieron rápidamente que no se encontraban solos. Un grupo de cuatro esqueletos salió a su encuentro de manera muy torpe. No fueron reto para el hacha de Kali.

Poco despues encontraron un claro donde hallaron un cadaver fresco tirado en los charcos; un hombre pálido, con mordidas en brazos, piernas y cuello. Estaba ataviado con las túnicas violetas y grises características de los Adoradores del Prisionero. Se veía ya despojado de sus pertenencias importantes.

Pronto salieron a su encuentro un enorme grupo de zombies. Algunos aún cargaban con armas y armaduras oscuras. Uno de ellos llevaba una armadura oxidada que alguna vez fue clara y brillante. Tras una batalla breve, pudieron hacerse camino a base de certeros tajos de hacha y el aliento de fuego de Abdul, que sorprendió a todos. Nadie había visto a Abdul hacer eso antes.

Al escapar del enorme grupo de muertos vivientes, pudieron ver de reojo el cadaver del cultista, que lentamente se levantó y vomitó sus coaguladas entrañas.

Al tiempo de perderlos, fueron sorprendidos por un gigantesco esqueleto, con un enorme garrote. Kali entonces tomó la pócima del padre Rupert, y su cuerpo creció a proporciones gigantes. Aún asi, el esqueleto lo superaba por metros.

La lucha fué encarnizada, y Kali por poco pierde la vida, a no ser de la magia curativa de Abdul e Ishiro. Rebeca descargó todo su poder mágico en dos explosiones de fuego, que casi calcinan el esqueleto. En un último certero golpe del hacha de orco, el poderoso enemigo cayó.

En ese momento, que se encontraban tan vulnerables, apareció una figura fantasmal flotando cerca del lago. En una resonante voz de bajo, preguntó al grupo qué hacian en sus dominios.

Abdul se identificó, blandiendo el nombre de la Madre Pentacolor.

El fantasma se desvaneció, para dar paso a la criatura que se encontraba sumergida en el lago. Del agua se alzó una enorme cabeza esqueletica, con cuernos curvos hacia abajo. Le siguió un cuerpo escamoso con alas de murcielago.

El grupo esta en presencia de un legendario Dragón Negro.

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Capítulo 2: Observados
El final del invierno

Invierno del 932- Florean 933

Han pasado casi 3 meses desde el rescate de Lord Yerr y la derrota del falso Almagesto, y el escape de Nathaniel. El inclemente invierno obligó al grupo a permanecer un tiempo en Sínople, ya que los caminos se volvieron virtualmente intransitables por la nieve.

Jonathan dedicó su tiempo a la forja de armaduras, para sanar su cuerpo y tranquilizar su espíritu. Su antídoto fue una bendición para aquellos que fueron maldecidos; les dio más tiempo. Sus fervientes oraciones y su dedicación no pasaron desapercibidos por el Sol, quien decidió brindarle un poco de su poder. Ahora, más que nunca, carga una radiante estrella de fe en su corazón.

Renaud tomó la batuta de la descuidada Guardia de Sínople, enseñándoles técnica y disciplina a la usanza de Tulipe. Para el final del invierno, pudo ver los primeros brotes de su esfuerzo. Muchos elementos fueron puestos en cintura, y los nuevos cadetes fueron entrenados con cuidadoso rigor. Grata prueba fue la del pequeño Janen, quien demostró ante el caballero la valía de una nueva generación. El muchacho se batió con valor, y recibió de Jonathan una exótica espada curva, producto de su yunque y martillo. Renaud será de aquí en delante reconocido como Oficial Honorario de la Guardia de Sínople, con rango de Teniente.

Para Rebeca fueron tiempos fructíferos, aunque difíciles, pues estudiar y mejorar sus artes es difícil en una sociedad tan intolerante a todo lo místico. Sin embargo, bajo el amparo de Lord Yerr, hubo tiempo de sobra para dedicar a sus estudios, sin que fuera descubierta.

Ishiro no se estuvo quieto. Buscó hasta el agotamiento toda información relacionada con los eventos recientes, y su relación con la historia del antiguo reino. Encontró la relación entre las supersticiones de la gente y los fatídicos eventos de años atrás, cuando terminó la el reinado de los Wellinton. Le pareció curioso que el único objeto desaparecido aquel día fue la joya conocida como el Lucero Carmesí, rubí que adornó el cuello de la Princesa Elisa poco tiempo antes de su muerte.

Makareo apareció durante los días más frios del invierno, muy lejos de todo. Un campesino lo encontró vagando entre los bosques nevados, con solo sus ropas y un bastón por equipaje. Decidió darle albergue y ayudarle a regresar a Sínople. Sabía que no lo lograría por si mismo, pues su ceguera se lo impedía. Makareo no podía evocar ningún momento de su cautiverio, más la cicatriz rúnica en su nuca lo decía todo.

Abdul corrió con una suerte similar. Apareció no muy lejos de Sínople, aún con su visión intacta. El frió en sus extremidades impidió que se diera cuenta de inmediato. Su preciado anillo había desaparecido, junto con buena parte de su brazo izquierdo. Regresó a la ciudad por su propio pie, mientras intentaba arrancar el velo de su mente, que le impedía recordar sus días aprisionado. Además de la runa en su nuca, solo pudo recordar una voz femenina; una voz familiar. Recuerda textualmente sus palabras “Mi regalo debe volver a ti, hijo mío. En Kronden encontrarás lo que necesitas”.

Ambos fueron recibidos de nuevo, y perdonados por su traición. Sin embargo, la confianza es algo que deben ganarse de nuevo.

A raíz de los eventos en Sínople, Kali empezó un gradual cambio. Pidió entrenamiento formal de Renaud, para llevar la estrategia al combate, además de la furia. Rebeca le enseñó a leer y escribir, aunque aún tiene problemas con la sintaxis y comete horrores de ortografía. Por su cuenta, casi a escondidas, Kali entrenó muy duro con el hacha doble de orco, hasta perfeccionar la Ráfaga Cortante, inspirada en las técnicas de su difunto mentor. Seguido Kali sale al despoblado, donde se siente más a gusto, para visitar la tumba de su amigo, bajo el gran roble.

Y así pasó el invierno.

Los primeros días de Florean del año 933, el grupo partió de nuevo, con la bendición de un pueblo acompañándoles. Se habló con lord Yerr, y este les consiguió algunos objetos mágicos confiscados a lo largo de los años; todo esto clandestinamente.

Hicieron una escala en el bosque de los Crig, donde llegaron a un acuerdo para proporcionar pétalos de flor de Inusus para elaborar el antídoto retardante. Fue difícil convencerlos, pero al final llegaron al acuerdo de depositarlo fuera del bosque. Es por una causa de fuerza mayor.

Han decidido explorar el Pantano de Kronden, el territorio donde se yergue el Monolito de Ónice Negro. Saben por el diario de Jim el mudo de la existencia de un antiguo hechicero en la zona, y por Nathaniel que aquel monolito posee propiedades místicas que podrían usar los Adoradores a su favor.

Camino a Kronden, decidieron hacer una escala en Tulipe, reino natal de Renaud. Visitaron la vieja casona de Sir Ector, donde los recibió con gusto. Nellid y Neil, sus hermanas, no cabían en sí mismas de alegría. Renaud y compañía contaron un breve resumen de sus andanzas , y dejaron entrever el terrible peligro que los asecha. Ya no es del todo desconocido, pues ha habido ataques menores a Tulipe de las criaturas de madera, y hay también algunos enfermos con la maldición.

La velada terminó de forma abrupta, con el acto vandálico contra la casa de Sir Ector. Detuvieron a un par de tipos de una pandilla que arrojó piedras a la vieja casona, y descubrieron que hay personas en Tulipe que aún se toman muy en serio la infamia de los Kabeos.

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