Estragos

Lady Paulet lloraba.

Los hombres se apresuraban por tinas de agua, siendo continuamente rellenados por algunos de los clérigos de Heironeus. Las llamas ardían con una fuerza sorprendente, sin duda empezada por algún hechizo. Incluso desde la distancia, la gran mansión Rousseau, con su alta construcción y su orgullosa posición, brillaba en la noche, siendo lentamente consumida por lenguas del voraz elemento. El fuego había saltado a través edificios aledaños, y en menos de una hora, todo el sector Le Lever du Soleil estaba sufriendo. Una verdadera pared de fuego impedía el paso hacia la mansión.

Lady Paulet lloraba.

Cientos de hombres, y decenas de caballeros, trabajan en conjunto para salvar lo mayor posible. Los hermosos jardines de las mansiones eran aplastadas por escombros, y eran devastadas por las cenizas de las ruinas de esos antes-gloriosos hogares. Solo un enemigo tan feroz como lo era el fuego tenía la capacidad de herir el corazón de Tulipe. Y solo éste enemigo parecía inmutable ante la valentía de los ciudadanos. Muchos heridos derramaban sus vidas en las calles, fuera del alcance de los médicos. Entre el humo y la temperatura, era peligroso tratar de sacarlos. Pero aún así, los valientes caballeros de Tulipe actuaban sin cesar. Sin sus armaduras ni sus armas, la Orden de Alfaden había rápidamente entrado al Sector, y con su legendario trabajo en equipo, habían salvado a muchos. Pero el labor no terminaba. Una y otra vez, se adentraban al ardiente sector, pero cada vez traían a menos personas en sus hombros.

Lady Paulet lloraba.

Lord Renaud Kabeos había sido de los primeros en llegar, y de los pocos caballeros que seguían con todas sus facultades. El humo parecía no importarle, y el fuego no era suficiente para romper su espíritu. No había duda en la mente de los presentes la razón de tan implacable esfuerzo: Sir Éctor Rousseau, conocido mentor del jóven Kabeos, no estaba entre las multitudes que habían sido salvadas. Con ojos llenos de determinación, se adentraba al infierno, solo para regresar con héridos individuos. No con Sir Éctor. Yinsu murmuraba palabras de consuelo a Nellid, quién no podía contener las lágrimas cada vez que su hermano seguía con su mortal encomienda. El fuego parecía no tener fin, e ignoraba los litros de agua que eran arrojados contra él.

Lady Paulet lloraba.

Tres horas habían pasado. El Rey Gerard había declarado al sector como irrecuperable, y se habían tomado las precauciones para que el fuego no amenazara al resto de la ciudad. Inconsolables sobrevivientes pedían paciencia, que no se había perdido la esperanza, pero la evidencia demostraba lo contrario. Solo un puñado de caballeros seguían adentrándose al fuego, pero ya no se hacía el esfuerzo de apagar las llamas. Solo contenerlas. El sector Le Lever du Soleil no era de los más poblados de Tulipe, pero era cuna de muchas familias nobles. Una joya de joyas. Y ahora, presa de un insaciable desastre. Se habría de reconstruir, por supuesto, pero para una sociedad que apreciaba su pasado, y que contaban a las históricas casas de sus padres como parte esencial de su ser, un evento como éste lastimaba el alma. Nuevas mansiones y nuevos jardines no podrían reparar la herida que causaba el perder tantos recuerdos. Impotentes veían como sus casas morían, y con ellas, el legado de sus ancestros.

Lady Paulet lloraba, y junto con ella, docenas de otras mujeres, que no veían entre los sobrevivientes a esposos, hijos, amantes.

La esperanza nacía y moría cada vez que uno de los caballeros regresaba, constantemente con las manos vacías, forzados a regresar por el nocivo humo. Solo a Renaud, héroe de Tulipe, otrora líder de los Centinelas de la Luz Inquebrantable, parecía no importarle. Yinsu sabía porque. Uno de los objetos que siempre cargaba consigo, una botella de aire puro, le otorgaba al medioelfo una impresionante resistencia más allá de su legendaria constitución. Pero siempre lo prestaba a las víctimas que traía consigo, y era en esos momentos que su cuerpo sufría. Lentamente, poco a poco, el paso de Renaud se veía más laborioso, más cansado. Nellid ya había sido vencida por el sueño y el no poder soportar tanto sufrimiento a su alrededor. Una muchacha frágil, a pesar de todo.

Lady Paulet, quién hacía un par de años había perdido a su único hijo, y ahora, era testigo de la pérdida del hogar que había compartido con él por tanto tiempo, no podía dejar de llorar. Junto consigo cargaba un medallón con un retrato de Victor, hecho después de su muerte. Parecía el único recuerdo de su hijo. Pero su esposo, su amado esposo, su compañero por más de cuarenta años, no la acompañaba. Y cada minuto que pasaba, el corazón de la dama se rompía más.

Cinco horas, y las llamas seguían cobrado su terrible precio. Solo Lord Kabeos continuaba en busca de sobrevivientes, y no había regresado desde hace cuarenta y cinco minutos. Casandra jamás dudo de su amado, pero la duda nacía en su corazón, el miedo de perderle. Se habría adentrado en su búsqueda, pero Yinsu le había detenido, implorando creer en él.


Dentro del fatídico sector, Renaud proseguía su búsqueda. En estos momentos, lamentaba no haber portado su armadura. Estaba seguro que había algo siniestro aquí, algo más peligroso que el fuego. Veía danzantes figuras entre el fuego, que desaparecían cuando se enfocaba. Tenía el presentimiento que alguien lo observaba, y seguía sus pasos. Alguien con intenciones mortales. Y sin armas, el caballero tendría una difícil prueba. Pero no abandonaría a Sir Éctor. No dejaría que Lady Paulet sufriera otra pérdida. El camino a la mansión Rousseau no era complicado, pero el desastre había imposibilitado el movimiento sencillo. El caballero se vio forzado a abrirse camino entre las llamas, siendo castigado por su insolencia con varias quemaduras. Pero él, quién había sobrevivido tantos retos, no se daba por vencido. Cruzando umbrales de fuego, atravesando destruidos hogares, Renaud avanzaba. Una figura captó su atención, solo para traer tristeza a su corazón. Otro muerto envuelto en llamas, aplastado por una viga, separado de Renaud por un vacío. Se lamentaba el no poder cargar con sus restos, para darle honrada sepultura. Sentía como un pedazo de él se desprendía, consciente que debería dar su vida por ayudar. Pero los Rousseau iban primero. Mientras hubiera esperanza… Renaud no se rendiría. No hasta tener prueba inexorable de la muerte.

Cada vez, Renaud batallaba más al respirar, incluso de su bendita botella. Cansancio? Sus heridas? Inconsecuentes. No sería vencido por algo así. El caballero brincó del segundo piso de uno de los pocos edificios que seguían en pie, para por fin estar a unos metros de la mansión Rousseau. Lágrimas llegaron a los ojos de Renaud al ver la casa en la que vivió por tanto tiempo en tal estado. La casa era fuerte, y todavía estaba en pie gran parte de su construcción. Como aquellos que vivían en su interior, se resistía a ser derrotada. Pero el destino era inevitable. Sacudiendo su cabeza, el medioelfo superó el fuego, y entró a la mansión. Para su horror y sorpresa, algo le esperaba dentro: un camino. El fuego delimitaba las orillas, y rígidamente guiaba hacia el segundo piso. Lamentando una vez más no tener un arma, Renaud comenzó a caminar. Las llamas parecían no acercársele, pero hacían mofa de él al devorar su infancia. Las pinturas de los ancestrales Rousseau, el bello instrumento musical de Lady Paulet, las adornadas sillas de la sala. Todo estaba ardiendo, sin ser consumidos. Mantenidos en ese estado de sufrimiento para herir a Renaud. La mente del caballero se ocupaba en descubrir quién habría hecho esto. Un poderoso ser, que controlaba la magia. Almagesto? Imposible, él estaba aprisionado en Shinta, según había sido informado. Nocto? Jamás buscaría venganza, incapaz de sentir. Recorría una lista de sus antiguos enemigos, pero ninguno era capaz de algo así. Finalmente, esa oscura parte de su corazón, donde guardaba resentimientos, miedos, odio, le murmuró un nombre. Abdul. Renaud sintió la fría furia comenzar a crecer, pero la voluntad de hierro del caballero la aplacó.

“No.”, se dijo. “Más que nadie, Abdul no haría esto. Por más diferentes que seamos, por más discordia que pudo haber crecido entre nosotros, somos compañeros. Amigos. Hermanos. Una lealtad forjada por sufrimiento, y templada por la esperanza. Abdul no hizo esto.”

Y dicho esto, arrojó esas dudas, sospechas y enfados fuera de su corazón, y continuó.

El camino guiaba hacia la antigua recámara de Victor, y Renaud sintió un nudo en su pecho. Detrás de esa puerta, le esperaba el culpable de esto. El cruel villano que se atrevió a herir a Tulipe con tal de vengarse de Renaud. Armándose de valor y de su sentido de justicia, Renaud abrió la puerta.

Y vió a Sir Éctor, apenas vivo. Colgado a la pared por medio de cruel hierro que cortaba su carne, golpeado, sangrando, desnudo. Y con cuatro palabras élficas trazadas con heridas en su pecho.

“Cenyesse o Naicele, Perquende”

Contempla el inicio del dolor, Medioelfo.


Lady Paulet lloraba, y junto a ella, Casandra. Siete horas habían pasado desde que el fuego comenzó, y casi dos horas desde la última vez que vieron a Renaud. La gran mayoría de los sobrevivientes se habían ido, albergados por el reino, amigos, familiares. Solo la Casa Kabeos esperaba. Yinsu se mostraba preocupado; sus piedras de envío se habían agotado. No tenía noticias de su nieto. Y la sombra de la duda cubría su corazón. Pero sus agudos sentidos élficos le trajeron consuelo, al discernir una figura acercarse de entre las llamas y salir del sector. Reconoció a Renaud, herido, con ropajes quemados, cojeando, y cargando el cuerpo desnudo de un humano adulto. Tanto Lady Paulet como Casandra soltaron un grito entremezclado de alivio y miedo, y corrieron hacia él. Colocó el cuerpo del humano en el piso, alejado del humo y del fuego. Sonrió a Lady Paulet al mostrarle que su esposo seguía con vida, sosteniendo el frasco de aire a su boca. Renaud volteó a ver a Casandra, quién con ese conocimiento que solo ella podría tener, reconoció en los ojos de su amado el sufrimiento que le acosaba. Sin necesidad de palabras, ella lo abrazó. Yinsu atendía a Sir Éctor, y solo traicionando una mirada a su nieto, curó esas horribles heridas en el pecho del antiguo caballero, y sonriente, le decía a Lady Paulet que su esposo estaría bien.

Lady Paulet lloraba de la poca alegría que éste día le había otorgado.

Estragos

El Lucero Carmesí richterbrahe