Decisión

Creo que es muy curioso el como recordamos pequeños e irrelevantes detalles de momentos inolvidables. La primera vez que viajé fuera del Reino, recuerdo cláramente las aves – gorriones – volando sobre mí, tres de ellos, uno de un brillante color amarillo, el resto el regular blanco. El día en que murió mi más viejo amigo, recuerdo como lucía el ropaje de Hasegawa, los dobleces y las razgaduras, la armadura de Kalitzburgh, el turbante de Abdul, los ojos de Rebecka. Y ese último día de conflicto, cuando el destino de Luminis pendía sobre el filo de una daga blandida por los Centinelas, recuerdo las cenizas del desintegrado cuerpo de la princesa bailar al violento estruendo de la Urna, momentos antes de que mi escudo azotara en ella.

El día en que por fín entendí a mi antepasado, recuerdo que no había viento. Una ligera lluvia caía del cielo, refrescante y placentera de no ser por lo que sucedería. Las banderas y los estandartes yacían inmóviles, como si el tiempo no fluyera. Seguramente ese era el deseo de muchos de los presentes. ¿Cuántos ciudadanos habrían atendido a la Plaza? Era difícil moverse entre ellos, incluso sin armadura. Estaba arropado en una capa, cubriendo mi cara con una capucha. Sólo traía conmigo a Nebilim; un escudo hubiera sido muy abultado. Ya sea por suerte, o la bendición de la Doncella, logré estar a varios metros de distancia del patíbulo. Veía al verdugo en su oscura capucha. Veía la cuerda en los cuellos. Podía ver la cara de suprema arrogancia y satisfacción de Lord Leroy, la cara desconcertada pero decidida de Su Majestad. Y el desesperado miedo en los bellos ojos de la Princesa. Pero lo que más recuerdo, son los ojos enlagrimados del Príncipe Baldwin – lágrimas no por tristeza, ni por el cruel destino que le esperaba. Por ira. Por impotencia. El aura de invencibilidad que la mayoría de los niños piensan tener aún brillaba en él, y no parecía entender cómo no podía librarse de ésta. Tal vez pensaba que era un simple juego, o un mal sueño. Tal vez el peso de la realidad no había caído en él, o se rehusaba a aceptarlo.

La decisión más difícil que podemos tomar es decidir no actuar. Todo lo que hacemos en la vida es una decisión; al hacer algo, estamos decidiendo no hacer mil cosas más. Mi Órden había decidido no hacer nada frente a la ejecución del Príncipe y la Princesa; tan quebrantada y sin propósito sin nuestro Maestro, no parecía tener sentido arriesgar la vida por la familia de aquel que nos había desterrado. A pesar de que el corazón y el honor dictasen lo contrario, mis hermanos decidieron que la inacción era la correcta decisión. La mayoría de los Caballeros aceptaron su exilio con estoico silencio, pensando que Alfaden y el Juez les habían puesto ésta prueba, y no podrían regresar al Reino hasta haber llevado a cabo legendarias hazañas a través del continente. Marchaban, pues, a los más recónditos rincones de Estfalen, a librar heroicas batallas y rescatar indefensos hombres. Los más antiguos Caballeros eran también los más cínicos, diciendo que Su Majestad ya no tenía uso de la Órden, con Lord Leroy como su perro faldero. Ellos simplemente escaparon a Coeurmer o Gules, lugares que siempre recibirían con brazos abiertos a hábiles guerreros y sabios consejeros. La noticia de la inminente muerte de Emma y Baldwin no los movió; que el Juez juzgue, decían.

Mi decisión fue distinta. Yo había jurado defender al Reino. Había sangrado, perdido amigos, y arriesgado más que mi vida para proteger a mi hogar, el hogar de mis padres y mis antepasados. El Rey es la voluntad del Reino. Pero esa voluntad estaba ahora dispuesta a asesinar a meros niños, con el pretexto de haber encontrado planes de traición. ¿Cómo era posible que el Rey no viera la sucia manipulación de la harpía que le sirve? ¿Cómo podía pensar que Emma era capaz de siquiera pensar en asesinar a su querido hermano? ¿Cómo veía a su pequeño hermano como una amenaza? No. Si el Rey hacía esto, el futuro del Reino era oscuro. Ya había ejecutado al máxime representante de la lealtad, al Gran Maestro en Armas de la Órden. Esa decisión dejó a todos atónitos – pero no actuamos. ¿Habrá sido por miedo? ¿Por lealtad? ¿Por la creencia que había un propósito detrás de todo esto? Cientos y miles de escusas existen: al final, el hecho queda. Dejé morir a mi Señor. Dejé morir al ejemplo al que aspiro ser. Dejé morir al guía de nuestra Órden, y todo por mi juramento al Rey.

¿Será ésto lo que sentía Jean-Pierre, hace siglos? Poner el honor y el nombre en juego, ¿para qué? ¿Dónde termina la lealtad, y donde comienza el bien? Hace años maldecía la debilidad de Jean-Pierre de haber abandonado todo pretexto de honor. Todo mi sufrimiento, todo el prejuicio, había sido por su culpa. Juré jamás ser como él. Me decía que no había situación alguna en donde yo traicionase mis juramentos, le diera la espalda a mi Rey. Me consideraba fuerte; un bastión del Juramento de Alfaden. Mi voluntad inquebrantable ante todo, mi espada lista para defender al Reino en contra de todo, sin importar qué. ¿Y ahora? Estaba parado, testigo de como un terrible crímen se llevaría a cabo. Mi alma gritaba por hacer lo correcto. Mi corazón me decía qué hacer. Mi sentido de lealtad se desvaneció, remplazado por mi anhelo por el bien. Si dejaba que esto pasara, ¿qué más permitiría? Si Jean-Luc declarase guerra contra algún otro reino, y nos ordenase matar a mujeres y niños, ¿lo haríamos?

Mil y más de mil preguntas rugían en mi mente. Sentía como las lágrimas nacían en mis ojos. Estaba a punto de dar el paso hacia el camino que jamás podría abandonar. Estaba a punto de no sólo condenarme, sino condenar a mi linaje. Después del esfuerzo de mi padre, después de todos los riesgos que tomé… habría de manchar el nombre de nuevo. Tal vez todos mis malefactores tenían razón; la traición corre en la sangre. Mi mente regresaba a esa visión en el Altar de los Sueños. ¿Había sido un presagio? No había comprendido en ese tiempo. Me rehúsaba a tan siquiera pensar en eso. Éste era mi momento. Aquí, más que en cualquier otro momento, más que durante el tiempo de los Centinelas, sería donde decidiría quién soy. ¿Un caballero? ¿Un soldado? ¿Un siervo?

No. Ese día, decidí ser el héroe que debía ser.

Desenvainé mi espada. Me abrí camino hacia el patíbulo. Sentía las cientas – si no miles – de miradas sobre mí. La furiosa cara de Lord Leroy, la sorprendida faz de Jean-Luc. Y la pura e inocente cara de Emma, la esperanza floreciendo en sus ojos. Los soldados se acercaron a mí, desconcertados. Voltée a verlos, y apunté mi espada. Las palabras salieron de mi boca, duras y fuertes. Ellos dieron un paso atrás, algunos incluso soltaron sus armas. El verdugo volteó con una interrogante a Jean-Luc, quién estaba retrocediando – pensaba, tal vez, que habría de asesinarle. Tomé un paso hacía el patíbulo. El guardia personal de Lord Leroy se puso frente a su señor, quién gritaba órdenes a los soldados, y amenazas. Los soldados titubeantes se aventaron contra mí. No estoy orgulloso de lo que hice – pero no iba a permitir que se interpusieran en mi camino. Sin escudo ni armadura, luché contra ellos. Sus lanzas cortaron mi piel, pero el dolor no importaba. Mi habilidad con la espada era superior, y Nebilim cantaba su furia, resonando en la Plaza. De reojo ví a Lord Leroy exclamar algún insulto, y su guardia se acercó con terrible determinación a la palanca. El verdugo se interpuso, y el guardía simplemente atajó contra el cuello. Su mano estaba a punto de jalar la palanca y sellar el destino… Y rugí mi reto.

El guardia se detuvo, y me miró con descontrolada ira. De un salto estuvo frente a mí, atacando como un relámpago. Varios cortes nacieron en mi piel – pero yo había resistido peores heridas. La canción de Nebilim no alcanzaba al guardia, pero acallaba su feroz ataque. Los soldados parecían haber recibido una renovada fuente de valentía, y nuevamente se lanzaron en mi contra. Pero eso sólo entorpeció al guardia – con varias lanzas en su camino, no podía maniobrar. Nebilim cantó, y la faz del guardia se partió a la mitad – aún con vida, pero brutalmente herido. Tomando débiles pasos atrás, sosteniendo los restos de su cara, huyó. Los guardias por un momento titubearon, y subí al patíbulo. Corté las sogas, y el Príncipe y Princesa descendieron. Lord Leroy me declaraba traidor, cobarde… mil cosas. Pero él huía. Logré ver que más soldados entraban a la Plaza, y tomé de la mano de la Princesa, mientras ella tomaba la de Baldwin.

Agradezco la misericordia de la Doncella, que los soldados se enfocaban sólo en mí. El escape fue difícil, y muchos murieron por la locura de Lord Leroy. Mis heridas se acumularon, y sentía como mi fuerza me abandonaba. Pero no me rendiría. Luchando cada paso, calle a calle, salimos de la ciudad. Con una última mirada al Coloso Caído, subí a la Princesa y al Príncipe a mi caballlo.

“Cabalga”, dije, y mi leal animal partió. La Princesa exclamaba mi nombre, no comprendía el porqué me quedaba atrás. Dulce Emma… éste era mi destino. Como Jean-Pierre ántes que yo… sólo la muerte le espera a un traidor. Con un determinado suspiro, giré a enfrentar a los soldados que seguramente emprenderían la caza. Pero en vez de la multitud, sólo ví a Sir Ector Rousseau, en completa armadura, su casco descanzando en su brazo izquierdo, mientras su derecho guíba a Mauríe, el caballo de su fallecido hijo. Su mirada lo decía todo.

“Me salvaste la vida una vez. Permíteme devolvérte el favor.”, dijo, su voz cansada, pero determinada.

“No, Sir Ector. Ésto es lo que debo hacer.”, repliqué. Podía escuchar a lo lejos como los soldados se acercaban. Mi corazón latía.

“No me pidas enterrar a otro hijo. Ningún padre debería vivir más que aquellos a quién crió.” dijo, su voz quebrándose por un segundo. Sólo entonces noté que sobre sus hombros portaba la ensangrentada túnica que había usado Victor en sus últimos momentos. Lágrimas corrían de su cara – y de la mía. “Toma a Mauríe, y vé con tu familia. Sabes lo que tienes que hacer. Yo los detendré.” Había acero en su voz. Parte de mí estaba tan complacida de que el hombre que conocí ántes estuvera tan recuperado. Pero la fatalidad de su intención rompía mi ser.

“Pero, tu nombre… los Rousseau…”

“Victor murió como un héroe – nadie le puede quitar eso. Y yo puse mi nombre en tí. Tomaste la decisión que debiste, la misma que yo debí haber tomado. Los Rousseau murieron con mi hijo. Lo único que puedo hacer es dejar éste mundo con una fracción de la valentía que ambos mostraron.”

“No puedo dejar -”

“Escapa, hijo. Conviértete en el Campeón que nuestro Rey necesita.”

“¿Ector…? Jean-Luc jamás -”

“Él no es nuestro Rey. Es un mero títere del León, una sombra de su Padre. Nuestro Rey es Baldwin, Renaud. En él están nuestras esperanzas. Vé con él. Y muéstrale lo que nuestro Reino necesita.”

Frente a frente, podía ver lo acabado que estaba. Sus ojos tenían profundas ojeras, sus mejillas tan delgadas que se podía ver el hueso. Pero su espíritu era fuerte, lo podía sentir. Puso las riendas del caballo en mis manos. En silencio, me dió un abrazo. Al soltarnos, una sonrisa estaba en su cara, y sus ojos brillaban de felicidad.

“Tu padre estaría tan orgulloso de tí, Renaud. Eres todo lo que él esperaba que fueras. Ahora… ¡vete!”, dijo. Monté al caballo, justo cuando los soldados salían de la gran puerta de Megrande. Sir Ector me regaló una última mirada, y después volteó a ver a los soldados. El caballo comenzó su trote. Escuché su gran espada desenvainar, el metal de su escudo ponerse en su lugar. Cabalgué, y escuché su feroz grito de guerra, el grito de su Casa. Cabalgué, y esuché metal contra metal, el sonido de la batalla. Cabalgué… y perdí a un padre de nuevo.

Decisión

El Lucero Carmesí richterbrahe