La Asamblea de Nobles

“Con todos presentes, entonces, daré por comenzada la reunión.” dijo Lord Gregoire, jefe de la renombrada casa Bergeron. La gran Asamblea de los Nobles había comenzado.

Una vez cada año, los líderes de las casas nobles de Tulipe se reunían en el Palacio, sin presencia del Rey. Una tradición que remontaba desde antes de los tiempos de Alfaden, los nobles trataban sobre la situación de las tierras, de los vecinos, y del porvenir de la gente. Había sido cuna de intentos de revueltas, pero desde el edicto del Rey Patrick, un emisario estaba presente para tomar nota, y ser testigo.

El lugar era amplio, remarcado con tapicería fina, con el símbolo de Tulipe y la Casa Real. Varios pilares de obsidiana pulida sostenían el techo, el cual se arqueaba y abrazaba el resto del cuarto. En el centro, había una gran mesa de madera oscura, adornada con detalles plateados que recorrían sus patas. Sobre la mesa había mapas, documentos, y varios instrumentos de medición.

“En primera instancia,”, continuó Lord Gregoire, “quiero darle la bienvenida a Lord Renaud, jefe de la casa Kabeos, a su primera reunión”, dijo, apuntando con su brazo hacia Renaud, quien asintió al breve aplauso del resto. Renaud había recibido varios consejos de su mentor, Sir Ector, y se sentía sumamente capaz de enfrentar a las casas nobles. Observo cuidadosamente a cada uno. Había 22 hombres en esta sala, incluyéndose. La mayoría rondaba entre sus cuarenta y cincuenta años, pero sus cuerpos revelaban hombres que conocían el combate. Diferentes tipos de armaduras, unas obviamente más pesadas que otras, adornadas con distintos emblemas y rosetas. Espadas pesadas colgando a sus costados, unas tan grandes que solo podrían blandirse a dos manos, otras algo exóticas, adornadas con joyas de esmeralda y grabados dorados. Armaduras ceremoniales, como la que portaba Renaud, vistosas y lujosas, pero seriamente incapaces de entablar una lucha prolongada. Ciertamente, parecía que entre más lujosa la armadura, menos combatiente eran, nobles que solo se dedicaban a engordar y enriquecerse por su posición, no a mantener el honor de Tulipe. Algunos más se veían de acaso 35 años, con ojos llenos de ese fuego de la juventud, mismo que ciertamente ardía en Renaud. A sus 25 años, era, sin duda, el más joven de los presentes. Eso parecía incomodar a algunos de sus hermanos nobles. Eso, y el hecho que muchos eran aliados de Lord Leroy, notoria y públicamente opuesto a que la Casa Kabeos haya sido reconocida.

Pero Renaud no estaba solo. A pocos días del promulgación del Rey, había recibido una carta de Lord Abel, invitándolo a su mansión. Ahí, Renaud había conocido a un hombre de 32 años, jefe de la Casa Aymond. Reveló que su padre, Sir Adam, fue uno de los muchos caballeros que murieron en los recientes ataques, sosteniendo una brecha en las paredes junto a los guerreros de su Casa. Abel había sido nombrado Lord Aymond rápidamente, y descubrió, muy a su pesar, que muchas casas nobles no estaban dispuestas a invertir soldados en la defensa de Tulipe en general. La decisión del Rey había sido discutida innecesariamente por la Corte, clamando que la amenaza no era tan real, y no era necesario reunir las fuerzas armadas del reino. Cada hora que se pasaba en discusión, decía Abel, buenos hombres morían por defender el reino. Rápidamente el noble se había dado cuenta que la Corte dificultaba el trabajo del Rey, y prácticamente a causa de Lord Leroy.

Renaud había entendido de lo que hablaba, habiendo vivido situaciones similares en el pasado. Lord Leroy siempre intentaba salirse con la suya, y dado que su Casa era una de las más poderosas de Tulipe, generalmente lo hacía. Para el resto de los nobles, era mucho mas fácil apoyarle y ganar su gracia, para eventualmente recibir lo que buscaban, que oponerse a él, e intentar ayudar a Tulipe.

Pero poco a poco las cosas habían cambiado. La corte de nobles estaba siendo llenada por jóvenes idealistas, con una visión noble y buena del futuro de Tulipe. Nobles leales al Rey y al Reino, no a la ganancia personal. Y Abel había reconocido en Renaud un hermano.

Y ahora, en esta reunión, se discutían varios asuntos importantes para el reino, y sobre todo, para las Casas Nobles.

“Debemos atender la situación de esta supuesta tribu orca en crecimiento”, decía Lord Emile, jefe de la Casa Marklin. “Villa Trigal no esta tan lejos como para que grandes números de orcos no vayan a afectarnos.”

“Orcos? Son salvajes y barbaros. Jamás podrían amenazar a Tulipe.”, replicaba Lord Ignace de la Casa Fauteux. “Nuestros caballeros los harían trizas sin dudarlo.”

“Pero, vamos, hombre, los rumores dicen que el líder de esa tribu es tres veces más grande que cualquier hombre! Una bestia así -”

“Bestia?”, interrumpió Renaud. Los ojos de los reunidos lo volteaban a ver. "Ese guerrero, Kalitzburgh Sean, lucho ferozmente contra los enemigos de Tulipe, contra los odiados constructos enormes, y, gracias a él, los Adoradores del Prisionero fueron derrotados. El arriesgo su vida para salvar a nuestro Reino. No es forma de agradecerle. "

Ante eso, una serie de murmullos. Lord Emile aclaró la garganta. “Por supuesto, Lord Renaud. No trataba de ofender. Me refería que un… individuo como él atrae a grandes guerreros. En suficientes cantidades, serían una implacable ola cuando quisieran conquistar tierras.”
Renaud sacudió la cabeza. “No, Kalitzburgh no haría eso.” Los nobles murmuraban en discusión. “No está interesado en conquistar e iniciar guerras sin sentido. El y su pueblo solo buscan un lugar para ellos.”

A esto, Lord Leroy soltó una carcajada. “Oh, por supuesto! Un lugar para ellos. Que tal todo Estfalen? Crees que tu amigo este contento con eso? O solo Tulipe? Seguramente lo recibirías con los brazos abiertos, medioelfo. O te hincarías ante él y lo recibirías como tu señor. Todo un Kabeos.” El noble se levanto, y azotó su enguantada mano sobre la mesa. “No demos vuelta. Los orcos son una amenaza para todo ser civilizado. Deben ser destruidos con rapidez.” Después, sonrió un poco. “Además, mi palacio tiene espacio para un nuevo trofeo. La cabeza de ese tal Calisvur será una fina adquisición.” Varios nobles se rieron junto con él.

Renaud se puso de pié, y observó fríamente a Lord Leroy. Los claros ojos verdes del medioelfo eran duros, una mirada llena de rencor. “Antes de acusarme de cualquier cosa, Leroy, o amenazar a un Centinela,” dijo, en una voz calmada, pero que goteaba con disgusto, “tal vez debería recordarte dónde estabas durante el ataque a Tulipe. O tal vez volver a mencionar a quién le encomendaron la Espada de Alfaden. Dime, ¿cuántas veces has portado tu tan noble arma? ¿Cuántas veces has sido reconocido como un héroe?”

La Asamblea quedó en silencio, y Leroy observaba a Renaud con odio desenmascarado. “He hecho más por este reino que tu y toda tu despreciable línea de traidores en toda su existencia, chiquillo. Mide tus palabras.”

“Ah, sí? Esconderte en tu palacio y rodearte de veteranos soldados, mientras Tulipe ardía y su gente moría es ahora para beneficio del reino? Lo cierto es que extranjeros como Hasegawa enfrentaron horrores más allá de lo que tú estabas dispuesto. Los Centinelas vieron el miedo de frente, y no titubeamos. Tu viste un golem de madera, y temblabas en tu inútil armadura.”

Los jóvenes nobles de la Asamblea rieron, mientras que Lord Leroy ardía en furia. “Es suficiente, traidor! No dejaré que alguien como tú insulte a alguien tan noble como yo.”, dijo, su voz alzándose en indignación. Se quitó uno de sus guantes adornados, y lo arrojó a los pies de Renaud. “No toleraré más. Es hora de ponerte en tu lugar, sucio híbrido.”

“Pero Señor!” dijo Lucas, el emisario del Rey. “Esta Asamblea es libre de conflictos! No puede -”

“Cállate, perro faldero. ", interrumpió Lord Olivier, de la Casa Susong, conocido por ser la mano derecha de Leroy. “Alguien como tú no tiene nada que decirle a Lord Leroy. Mejor quédate en silencio, y sigue observando.”

“Pero -”

“Está bien, Lucas.” dijo Renaud, con una sonrisa. “Esto no durará mucho. Personalmente me disculparé con nuestro Rey por esta situación.” agregó, mientras desenvainaba su reluciente espada, y colocaba su escudo.

El resto de los nobles se alejaron, algunos horrorizados al ver lo que estaba a punto de suceder, otros ansiando ver a Renaud o Leroy humillado. El medioelfo, honorable ante todo, saludó con su espada a su contrincante, una antigua tradición de respeto ante tal evento, un duelo de nobles. Leroy, en cambio, sacó su mazo de guerra y su enorme escudo, y veía a Renaud como uno vería a un insecto. Los dos nobles medían la capacidad del otro, Leroy observaba a Nebilim, la famosa espada de Renaud, mientras que Renaud analizaba a Grundarme, el legendario escudo de la Casa Leroy. Después de unos segundos, ambos hombres bajaron el visor de su casco, y se acercaron.

El duelo comenzó. Leroy blandía su mazo con experiencia, cubriendo sus puntos abiertos con su gran escudo. Pero el escudo de Renaud era muy rápido. Uno, dos, tres golpes del gran mazo eran bloqueados con facilidad por el medioelfo. Nebilim cantaba mientras cortaba el aire, solo para ser rebotada por Grundarme. Leroy no era ágil, pero compensaba eso con años de experiencia con su escudo, bendito hace décadas por Heironeus, y encantado por los más poderosos hechiceros. Renaud se movía alrededor, tratando de encontrar un hueco en la defensa. Pero Leroy era un bastión; atacaba ciegamente a su contrincante, y con un arma tan impredecible como un mazo, tenía muy poca oportunidad de tocar a Renaud. Golpe, golpe, metal contra metal, filo encantado contra metal hechizado. Una y otra vez, los caballeros resistían los ataques. Renaud estaba sorprendido por la habilidad de Leroy con el escudo; habría pensado que era un noble débil que jamás había aprendido a luchar. Y Leroy estaba furioso, al ver que Renaud era un implacable guerrero, mucho más que su imaginación le hubiera preparado. A este paso, Leroy se cansaría, y Renaud vencería. No podía tolerar eso. Así que cambió de estrategia. Obligó a su mente ignorar su entrenamiento, y dejó un gran espacio abierto en su defensa. Como lo planeaba, Renaud inmediatamente atacó, y Nebilim con facilidad cortó la armadura ceremonial, abriendo una larga herida en el costado de Leroy. Más doloroso de lo que pensaba, Leroy casi soltó su arma. Pero el líder de la renombrada Casa era más fuerte que eso. Con un giro de su mano, el mazo volteó, y golpeo a Renaud directamente en el casco. Renaud dio varios pasos atrás, aturdido por el golpe, y Nebilim guardaba silencio. Leroy prosiguió con su ataque. Una y otra vez, su mazo golpeaba a Renaud, abollando la ceremonial armadura sobre las piernas del medioelfo: Leroy quería obligar al medioelfo a caer. Pero Leroy no esperaba que Renaud se recuperará tan rápido. Con un enorme grito que sorprendió a su enemigo, Renaud azotó su escudo contra el mazo de Leroy, obligándolo a voltear por un segundo mientras su arma casi se desprendía de su mano. Y Nebilim prosiguió su canción. Un corte, dos cortes, y un gran golpe con su escudo, obligaron a Leroy a caer en su espalda. Y sus ojos reconocieron la punta de Nebilim a unos centímetros de él.

Y la orgullosa voz del híbrido resonó en sus oídos. “Ríndete, Leroy. Has perdido.”


Horas después, Lord Leroy era atendido por sus médicos por las distintas heridas.

“Impresionante… tan finos cortes…” murmuraban, mientras limpiaban y cerraban los tajos.

Después de unos segundos, el médico mayor suspiró. “Señor, lamento decirle que no podemos hacer nada por su ojo. Pero podemos encontrar a un sacerdote… tal vez sean capaces de -”

“… Erick.”, interrumpió Leroy, dirigiéndose a su jefe de guardias. “Quiero que acabes con Kabeos. No me interesa como. Contrata asesinos. Pueblerinos. Crea revueltas. Quiero ver a la Casa Kabeos en las ruinas.”

Erick asintió, e iba a retirarse, cuando Leroy dijo. “No, espera. Primero… destruye a los cercanos a él. Rousseau. Aymond. Arruínalos, destrúyelos. Haz que sufran, y que sepan que es por Kabeos. Llévalos a la desgracia. Quiero que ese idiota este solo, que sepa que solo trae desgracia. Y cuando este débil, cansado, humillado… mata a su familia. Quema su mansión. Rompe su corazón. Y finalmente, tráelo aquí. No le daré algo tan simple como la muerte.”

La Asamblea de Nobles

El Lucero Carmesí data